10 de marzo de 2010

La democracia del Siglo XXI

Carlos Sabino

Carlos Sabino es profesor de historia, economía y sociología para la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala).

Dos problemas inquietantes

Dictadura y desarrollo económico

América Latina, después de un pasado de inestabilidad institucional y política, fue retornando gradualmente a formas de gobierno democráticas a partir de 1978: la oleada de cambios resultó incontenible y, una a una, fueron desapareciendo las dictaduras que existían hasta que —a finales de la década siguiente— sólo persistía la excepción solitaria de Cuba, anclada en su estático sistema comunista. Esta transformación política suscitó extendidas esperanzas y una actitud de renovado optimismo en la región pues, con gobiernos elegidos popularmente, se pensó que se iniciaría una etapa de consolidación capaz de asegurar las libertades ciudadanas y de crear un ambiente propicio para el crecimiento económico. Pero este último objetivo resultó, por lo general, bastante esquivo.

Si analizamos lo ocurrido en la región durante las tres últimas décadas podemos concluir que el crecimiento ha sido lento e irregular, sometido a constantes fluctuaciones de no poca envergadura. En primer lugar porque la crisis económica de 1982, la llamada crisis de la deuda, fue mal encarada inicialmente por las restablecidas democracias: en muchos países se profundizó el mismo modelo estatista que había producido la crisis, con sus secuelas de brutales inflaciones, desempleo y aumento de la pobreza. Sólo al final de esa década varios gobernantes se decidieron a introducir amplias reformas al sistema vigente, definitivamente inviable ya, disminuyendo los gastos del estado, balanceando sus cuentas y favoreciendo el desarrollo de una economía más libre y abierta. La crisis fue entonces superada, al menos en sus efectos de corto plazo, lo que sin duda contribuyó al afianzamiento de los sistemas políticos democráticos que se habían establecido o estaban a punto de introducirse.

Pero ya algo antes, hacia mediados de la década de los ochenta, comenzó a plantearse para muchos analistas uno de esos dos inquietantes problemas que queremos discutir en este artículo: el Chile de Pinochet, una nación gobernada por una rígida dictadura1 pero que había impuesto un modelo de economía de mercado bastante libre, se destacaba en la región por su eficaz manejo de la crisis. Chile había logrado recuperarse con velocidad después de sufrir una seria recesión y avanzaba económicamente a un paso muy rápido, reduciendo el desempleo y mejorando firmemente la calidad de vida de sus habitantes. Sus políticas económicas resultaban coherentes y bien encaminadas, produciendo excelentes resultados económicos y también sociales. ¿Es que acaso, por desgracia, era la dictadura misma el factor que alimentaba los éxitos del país austral? ¿Eran las democracias, que existían ya en la mayor parte de Iberoamérica, las que debilitaban la conducción económica e impedían resolver los problemas que aquejaban a las demás naciones?

La respuesta que —en esos años— se dio a estos interrogantes, fue por lo general negativa. La mayoría de los analistas pensábamos que no era el modelo político de Pinochet el que favorecía el desarrollo económico sino que, muy por el contrario, podía decirse que Chile avanzaba porque aplicaba de un modo consecuente políticas de libre mercado, aún a pesar de la falta de libertades políticas y civiles: no era la dictadura el factor que favorecía el desarrollo sino que, con justas políticas económicas, se podía lograr un rápido desenvolvimiento económico aunque existiese la rémora de un sistema político opresivo.2 Al iniciarse la década de los noventa las exitosas reformas de Bolivia, México, Perú, Argentina y Brasil parecían confirmar esta opinión, aunque, desde el punto de vista contrario, se destacaba que el caso chileno se parecía más al de los llamados “tigres asiáticos” que al de los demás países de América Latina. Corea del Sur y Taiwán había logrado el despegue de sus economías bajo auténticas y duras dictaduras, Hong Kong lo había hecho siendo colonia británica y sin gozar de libertades políticas, mientras que Singapur crecía bajo un régimen autoritario y muy poco democrático. Ya China, aún bajo la férula de su partido comunista, exhibía un desempeño admirable en materia económica y los restantes ejemplos asiáticos, sin excepción, mostraban una concordancia con la opinión de que se necesitaban gobiernos fuertes durante un largo tiempo para alcanzar un desarrollo sostenido que pudiese reducir drásticamente la pobreza.

Podría preguntarse, como muchos lo hacíamos en esa época, por qué era necesaria una dictadura, o al menos un gobierno autoritario y estable, para lograr el desarrollo. Más específicamente, ¿cuál era la conexión causal, concreta que podía producir ese efecto? Pero, más allá de eso, quedaba a nuestro favor el hecho imperturbable de que no cualquier gobierno autoritario servía para lograr las metas económicas deseadas: ¿no era acaso la empobrecida Cuba de Fidel Castro también una dictadura? ¿No lo eran todos los sistemas comunistas, visiblemente fracasados, o los gobiernos de Birmania (hoy Myanmar) o de aquellos países latinoamericanos que, en la década de los setenta, llevaron al estancamiento y a la crisis posterior?

La destrucción de la democracia

Dejemos en suspenso, por ahora, las respuestas a este embarazoso problema y veamos, para seguir con el hilo de la narración, lo que sucedió en nuestra región luego de la época en que se realizaron las reformas que llevaron a una cierta apertura económica. Es verdad que estos cambios, en algunos casos, fueron bastante notables y que lograron, en poco tiempo, hacer desaparecer flagelos como la inflación y el estancamiento, pero es cierto también que las reformas se detuvieron en cierto punto, concentrándose en los equilibrios fiscales, la liberación de los mercados cambiarios, la eliminación de ciertos subsidios, la reducción de los aranceles a la importación y las privatizaciones. No fueron poca cosa, ciertamente, pero no alcanzaron a tocar a fondo los mercados laborales, a reducir la presión fiscal o a eliminar controles burocráticos que trababan las actividades económicas, mientras que muchos subsidios indirectos se cambiaban por otros, de tipo directo, y en poco se reducían realmente los gastos gubernamentales.

Las reformas habían sido realizadas como respuestas coyunturales a la grave crisis de los ochenta y no como un programa de cambio estructural. Una vez pasada la crisis no hubo voluntad política para extenderlas y en varios casos, por el contrario, se dio marcha atrás y se volvió a ampliar la esfera de las regulaciones y de la actividad estatal, como en la Venezuela de Rafael Caldera (1994-1999) o en el Ecuador de finales del siglo XX. El hecho es que sobrevinieron en la región nuevas crisis —algunas profundas, como la de Argentina en 2001— y una nueva actitud de generalizado repudio a lo que se dio en llamar el “neoliberalismo”, englobando con tal término a cualquier política que amenazara el renovado crecimiento del estado.

Ya a finales de los años noventa se produjo, en Venezuela, el primero de los episodios que llevarían a la región a un sostenido ascenso de las izquierdas, cuando Hugo Chávez logró la presidencia con el 56% de los votos en las elecciones de diciembre de 1998. Pero pronto pudo apreciarse que este cambio representaba algo más que el resultado de esa simple oscilación pendular entre centro izquierda y centro derecha a la que estamos acostumbrados en casi todas las democracias. Chávez llegó con un programa que incluía el llamado a una asamblea constituyente “original” y con una retórica incendiaria que propiciaba el enfrentamiento entre pobres y ricos, presentándose como un populista que quería iniciar cambios radicales a favor de los sectores de menores ingresos. Lo que hizo, en pocos meses, fue desmantelar prácticamente todo el andamiaje de las instituciones del país y adoptar una postura de confrontación por completo alejada de los compromisos y de los consensos. A partir de 2003 quedó como dueño absoluto del poder, colocándose como un dictador ajeno a toda restricción legal e impulsando una transformación global de acusado tinte socialista. Con su llamada “Revolución Bolivariana” Chávez logró, sin mayor derramamiento de sangre, lo que hasta entonces parecía imposible: destruir la democracia desde adentro, copando sus instituciones después de una primera victoria electoral legítima, como ya lo habían hecho algunos de los fascismos europeos de la primera mitad del siglo XX y ciertos caudillos latinoamericanos para esa misma época. La democracia venezolana era imperfecta, sin duda alguna, plagada de controles económicos y cada vez menos liberal en el sentido profundo del término, pero tenía una tradición nada desdeñable y había sido capaz de asimilar las amenazas guerrilleras de los años sesenta, manteniendo el principio de alternabilidad y garantizando algunas libertades políticas básicas. Lo que de liberal le quedaba se perdió, en muy poco tiempo, para transformarse en un sistema totalmente personalista en lo político y cada vez más socialista y opresivo en lo económico.

Si el caso venezolano hubiese constituido sólo una excepción no estaríamos, hoy, ante el inquietante problema que se nos presenta. Pero a la aventura política de Chávez siguieron, a los pocos años, sucesivos cambios políticos de fondo en varios otros países de la región, como Bolivia, Ecuador y Nicaragua, manifestándose una tendencia similar también en Argentina y en el Paraguay. Es más, en varias otras naciones de América Latina —Perú, México y Costa Rica, por ejemplo— surgieron émulos del militar venezolano que, si bien no alcanzaron el poder, llegaron a tener (o tienen) inusitada fuerza electoral. Quedó así erosionada —a nuestro juicio profundamente— la confianza que implícita o explícitamente se ha tenido siempre en lo que un tanto vagamente se llama “el sistema democrático”: la idea de que las peores amenazas contra tal sistema vienen de los golpes de estado o de injerencias externas, la suposición de que una democracia consolidada y funcional —como lo era la venezolana— es capaz de resolver todas las tensiones internas que existen en la sociedad y sostenerse como modo de gobierno aún en las circunstancias más difíciles. Lo que vemos hoy en América Latina, por el contrario, es la fragilidad extrema que poseen los regímenes democráticos de la región, su debilidad ante la demagogia y el populismo, cuando estos se deciden a usar las libertades existentes para capturar el poder y destruir las instituciones y los valores en que se fundamenta el sistema democrático liberal.

Democracia y libertad

Para encontrar respuestas a los problemas que hemos presentado en la sección precedente debemos realizar una tarea de análisis conceptual que nos permita entender mejor los términos de lo que se debate —generalmente bastante confusos— y realizar, a la vez, una descripción más concreta de los sistemas políticos vigentes en la región.

El concepto de democracia, para comenzar, se usa en la actualidad de un modo realmente impreciso. Por democracia se entiende a veces, simplemente, una forma de gobierno donde la soberanía reside en el pueblo y en la que las decisiones fundamentales se toman por la regla de la mayoría, mediante sucesivas elecciones. Nada más. Otros, sin embargo, añaden a estas ideas básicas algunos requisitos importantes, que provienen del antiguo ideal republicano: que las elecciones sean realmente libres, que el gobierno se ejerza por medio de representantes, que se respete a las minorías y —en general— que exista un estado de derecho, donde las personas que ejercen los cargos públicos tengan que someterse a la ley igual que todos los demás ciudadanos. Si no se cumplen estas condiciones el sistema rápidamente degenera, convirtiéndose en lo que se llama la tiranía de las mayorías, un modo de gobierno donde se conculcan los derechos de las minorías y el gobernante, apoyado en parte por la masa de votantes, logra imponerse con un poder casi absoluto sobre toda la sociedad. Acaba así la democracia y se torna, más o menos abiertamente, a un sistema de tipo dictatorial.

La distinción, sin duda, era ya conocida por los antiguos. Desde Aristóteles se concebía a la democracia como una forma degradada de gobierno, donde las asambleas dominadas por los demagogos resultaban fácilmente manipulables y producían un sistema inestable, propicio a los cambios bruscos y propenso a ser dominado por una sola persona. Y, aunque las democracias actuales ya no se manejen a través de tumultuosas asambleas, el parecido existe, pues la emergencia de los populismos y los fascismos muestra con claridad hasta qué punto un régimen democrático tiene limitaciones inherentes a su propia naturaleza que, si no son convenientemente tomadas en cuenta, pueden producir el derrumbe completo del sistema.

En el mundo contemporáneo, como decíamos, no suele hacerse una distinción demasiado clara entre esas dos formas aparentemente similares de gobierno y, a todas, se las designa con el simple término de democracia. Pero un más ajustado análisis ha llevado a muchos autores a calificar este término genérico, para precisarlo, llamando “democracia liberal” al sistema en que, además de realizar consultas electorales, se mantiene una adecuada división de poderes, se respetan los derechos individuales y se establecen claras limitaciones a la esfera de la acción estatal, al ámbito sobre lo que una mayoría circunstancial puede actuar y decidir. El hecho de que en Irán o en Venezuela, por ejemplo, se realicen periódicas elecciones permitirá a algunos llamar “democracias” a los sistemas políticos que allí imperan, pero en todo caso es obvio que dichas democracias nada tienen de liberal, puesto que en Irán domina realmente una teocracia y Venezuela puede considerarse una autocracia o un régimen caudillista de dominio unipersonal.

Esta distinción conceptual entre auténticas democracias liberales y los sistemas que, manteniendo una fachada electoral, son realmente dictaduras de uno u otro tipo, nos sirve para plantear con más claridad el segundo de los problemas que nos formulamos en este artículo: ¿por qué, cómo y en qué condiciones se pierde el equilibrio entre los poderes y una democracia, aparentemente consolidada, deja de ser liberal y se convierte en una dictadura más o menos encubierta? La primera respuesta, la más inmediata y simple, es que sólo puede darse este proceso cuando un fuerte movimiento de la opinión pública impulsa hacia el poder a un hombre, un partido o una coalición que no respeta ni acepta las libertades individuales ni las formas de convivencia que permiten la existencia de un régimen democrático liberal. Cuando esto sucede resultará entonces fácil, desde el poder, conculcar las libertades ciudadanas y avanzar hacia la dictadura: esto podrá lograrse casi sin violencia, pues existirá una mayoría (o una amplia minoría) capaz de apoyar al gobernante en su camino de crear nuevas leyes que destruyan las instituciones existentes y proyecten una imagen de legalidad para su actuación. Se cambiarán las normas, se pondrán funcionarios dóciles al frente de las nuevas instituciones y se podrá reprimir a la oposición dentro del marco de la ley… de las nuevas leyes que el gobernante cree para afirmar y consolidar su poder absoluto. Uno de las primeras víctimas de este proceso será la llamada alternancia o alternabilidad que es propia de un régimen republicano: la posibilidad efectiva, siempre realizada en el mediano plazo, de que cambien los gobernantes y las políticas del estado. No casualmente los nuevos autoritarismos latinoamericanos se apresuran, como hemos visto en los últimos años, a cambiar las constituciones existentes; lo hacen para modificar instituciones y para concentrar el poder, por supuesto, pero ante todo para permitir la reelección y, si es posible, para dar una apariencia de legitimidad al gobierno de una sola persona por tiempo indefinido.

El proceso, al menos para quienes hemos seguido la emergencia de los nuevos autoritarismo de América Latina, se realiza así con relativa facilidad: para decirlo en términos concretos e históricos, una vez que Chávez gana su primera crucial elección y logra convocar a una Asamblea Constituyente, contando aún con la mayoría, resulta fácil entender el subsiguiente cambio, su consolidación en el poder, la forma en que desde el propio estado va logrando arrinconar a las fuerzas que se le oponen y construir el marco legal para ejercer su dictadura. Pero por qué, debemos preguntarnos, ¿por qué se generan estos movimientos de opinión que llevan a un caudillo a situarse en la inmejorable posición de quien puede adueñarse del poder, incluso con la bendición de los votos? ¿Qué lleva a una mayoría de un electorado a echar por la borda todos los resguardos institucionales republicanos y promover una salida que, aunque no se lo vea desde el comienzo, lleva en rápida transición hacia la dictadura?

Democracia y redistribución de ingresos

Lo que muestra la reciente experiencia de América Latina es que la ciudadanía se siente completamente frustrada —en la mayor parte de los países— después de tres décadas de gobiernos democráticos de muy distinta orientación. La frustración surge ante el lento progreso económico, la abrumadora corrupción y un rampante aumento de la delincuencia que impide a millones de personas llevar una existencia normal y mejorar su nivel y su calidad de vida. Es de esta frustración, que se proyecta a todo el sistema —a los políticos, a los partidos y a la democracia misma— que surge el apoyo a los líderes que prometen acabar con todos los males de un modo casi mágico, enarbolando la idea de asambleas constituyentes todopoderosas que permitan “refundar” el país pero que, en definitiva, desembocan en gobiernos personalistas que se apartan por completo de la democracia liberal.

Este extendido malestar proviene, en última instancia, de las expectativas que grandes sectores de la población depositan en el sistema democrático, de lo que se pide y exige a sus gobiernos, los cuales nunca resultan estar a la altura de tales expectativas. En Latinoamérica, al igual que en muchas otras partes del mundo, el sistema político recibe exigencias desmedidas que en buena medida lo transforman y desnaturalizan: no se le pide solamente que mantenga el orden, que procure mecanismos para la resolución pacífica de los conflictos y que permita la libre expresión de la voluntad de los ciudadanos; no, se le pide mucho más, se le exige que lleve bienestar a todos, que redistribuya la riqueza y combata la pobreza, que dé empleo, salud, educación y hasta vivienda a toda la colectividad. Y aquí, aunque no lo parezca, radica el meollo del problema.

A partir de este punto, del momento en que la democracia se concibe como una gigantesca máquina de redistribución económica, comienza un ciclo que, retroalimentándose, termina generando graves problemas que aparentemente desafían toda solución. Los más pobres, cobrando conciencia de su fuerza electoral, reclaman cada vez con mayor intensidad que se les otorgue beneficios de toda naturaleza; algunos políticos, evaluando bien el peso numérico de estos sectores, comienzan entonces a hacer promesas que son acogidas con entusiasmo, pero que resultan imposibles de cumplir. Desde el gobierno se toman medidas económicas de corte populista, de corto plazo, que son bien recibidas por buena parte del público pero que lesionan la economía y resultan por lo tanto completamente ineficaces. La oposición política, por lo general, entra entonces a competir con los gobiernos, ofreciendo aún mayores beneficios a la masa de los necesitados y formulando promesas cada vez más amplias y por lo tanto más difíciles de cumplir. Las campañas electorales se van convirtiendo en torneos donde cada partido trata de sobrepasar a los restantes en sus vanos ofrecimientos de proporcionar más y mejor educación, mayor atención a la salud, subsidios directos a los más pobres por medio de programas asistencialistas, viviendas, seguridad social… en fin todo lo que la gente quiere recibir sin dar nada a cambio. Porque los sistemas impositivos que tenemos en la región, por lo general, presentan una peculiar característica: sólo pagan impuestos directos las personas con mayores ingresos, las empresas y los empleados del sector económico formal; los pobres nada pagan, al menos directamente, aunque a través del IVA u otros impuestos similares ellos mismos contribuyen con no poco dinero para que el estado, luego, les otorgue “gratuitamente” lo que tanto anhelan.

Pero el sistema no funciona. La economía es ahogada por la presión impositiva y por una maraña de regulaciones burocráticas que impiden su rápido crecimiento; la salud y la educación quedan en manos de estructuras burocráticas, muchas veces controladas por los sindicatos, que proporcionan servicios de baja calidad y, por lo general, no llegan a toda la población; las ayudas directas, los alimentos o el dinero que se entregan a quienes supuestamente son los más necesitados, resultan magras y por lo general terminan siendo condicionadas políticamente: son dádivas que alivian en algo la miseria pero resultan por completo incapaces de solucionar el problema de la pobreza, pues nadie escapa de esa situación con sólo recibir algo de dinero. Para salir de la pobreza se necesita un crecimiento económico general, basado en fuertes inversiones, que aumente la productividad y, entonces, se convierta en mejores salarios.

El estado, en estas condiciones, se va convirtiendo en esa extraña maquinaria a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de los demás, como ya lo expresara Frederic Bastiat hace más de 150 años. La corrupción se extiende: con tanto dinero circulando a través de infinidad de programas, con tantos funcionarios a cargo de entregar dádivas y subsidios, crecen las tentaciones y las posibilidades de apropiación indebida de los fondos públicos. Una descomposición moral —lenta y gradual, pero no por eso menos perniciosa— va corrompiendo todas las instancias de la vida pública, lo que despierta el natural repudio de la ciudadanía. Ningún político, sin embargo, se atreve a criticar estas profundas deformaciones del sistema: no lo hacen porque resultaría suicida. ¿Puede alguien ganar una elección, en este siglo XXI, prometiendo reducir o eliminar los subsidios directos que tanto pesan en los presupuestos públicos? ¿Puede combatirse eficazmente la corrupción cuando el mismo sistema se ha convertido en una máquina para repartir el dinero de otros? Muy por el contrario, para triunfar en una democracia se necesitan votos, muchísimos votos, y estos se obtienen ganándose la buena voluntad de quienes piensan que, apoyando a determinado candidato, conseguirán más ayudas y mejores servicios.

A largo plazo las democracias redistributivas, al menos en los países de economías más frágiles, resultan así por completo inviables. Por un lado pueden degenerar, como ya lo apuntamos, en sistemas de tipo personalista y autoritario que, una vez instalados en el poder, resultan casi imposibles de revertir. Por otro lado, y éste es por ahora el caso más general en la región, las democracias redistributivas generan un ambiente muy poco favorable para su consolidación debido a dos consecuencias de suma importancia: el aumento de la corrupción y el abandono de las funciones esenciales del estado.

Este último fenómeno es, a pesar de que no se lo perciba así, el que produce peores resultados en el largo plazo para la vida del ciudadano corriente. El discurso político prevaleciente —la actitud que, podríamos decir, es la “políticamente correcta” en estos tiempos— enfatiza las funciones sociales del estado pero recela de su actividad como proveedor de seguridad, paz y justicia. Erróneamente se concibe que aumentando los presupuestos de la educación se obtendrá un rápido desarrollo económico pero se deja de lado el hecho de que sin seguridad ciudadana no hay manera de lograr el progreso, especialmente de aquellos que menos tienen.

Así se crea una paradoja cargada de consecuencias peligrosas: el estado crece, pero a la par va abandonando sus funciones esenciales. Cada vez es menos un estado en el sentido riguroso del término —una organización compleja destinada a proveer el servicio esencial que es la seguridad ciudadana— pero resulta más extendido en sus funciones y más sobrecargado de personal, más caro, más difícil de supervisar y más corrupto. Lo anterior se aprecia con especial claridad cuando consideramos el caso de los programas sociales de tipo asistencialista, muy en boga en la región, que son una muestra extrema del tipo de mentalidad que estamos criticando.

Los programas asistencialistas se basan en transferencias directas de dinero o de bienes a los más necesitados con el objetivo manifiesto de reducir la pobreza. Pero su implantación produce consecuencias realmente negativas, tanto en la economía de las naciones como en el sistema político en general. En primer lugar, y ante todo, porque no sirven realmente para eliminar la pobreza: las modestas sumas de dinero que se entregan resultan un alivio para quienes están en situación de necesidad, sin duda, pero obviamente ellas resultan por completo insuficientes para modificar una situación de pobreza que deviene de la falta de ingresos propios, constantes, de cierta magnitud. Tales ayudas podrán resultar útiles, quizás, en circunstancias especiales —como por ejemplo en el caso de ciertas catástrofes o situaciones adversas— pero no tiene sentido concebirlas como un modo de erradicar un problema que se nutre de la escasa capacidad de generar riqueza que poseen nuestras sociedades, de la falta de inversiones y de tecnologías apropiadas, de la carencia de una infraestructura que facilite los intercambios y el desenvolvimiento económico en general. La pobreza es un problema estructural, es ante todo falta de riqueza y, como tal sólo puede ser superada por medio de un aumento general de la producción de bienes y servicios, de una mayor productividad y de un ambiente apropiado para el despliegue de las capacidades e iniciativas de la gente. Podrá decirse que, en todo caso, tales transferencias contribuyen, aunque sea en escasa medida, al bienestar de los más necesitados, pero el argumento pierde mucho de su sentido cuando tomamos en cuenta los riesgos que dichos programas traen, como veremos de inmediato.

Para poder transferir dinero y bienes a los más pobres se requiere de inmensos fondos, pues el número de personas en situación de pobreza es muy alto en nuestras sociedades, un porcentaje nada desdeñable del total de la población. Esta circunstancia significa que, entonces, el presupuesto del estado se ve enseguida comprometido en buena proporción por esta política asistencialista, significando casi siempre el 10% o más de los gastos totales. Para obtener tales fondos los estados deben adoptar alguna de las dos siguientes soluciones: o aumentan los impuestos —con el consiguiente daño que se hace así a la capitalización de las empresas y a sus posibilidades de inversión— o se reducen otros gastos, principalmente los de seguridad, defensa y obras públicas. Lo más frecuente es que los gobiernos adopten a la vez ambas medidas, con lo que el efecto económico general se torna desastroso: disminuye la productividad general de la sociedad, de la cual depende en última instancia el nivel de los salarios, y se reduce la seguridad ciudadana, con lo que se agravan los efectos del poco crecimiento económico. En algunos casos, inclusive, los gastos “sociales” de este tipo se financian en parte con mayores emisiones monetarias, lo que causa un aumento de precios que afecta siempre en mayor medida a los más pobres, o se aumenta el endeudamiento del estado, lo que posterga los problemas financieros pero redunda en mayor pobreza para las siguientes generaciones.

A todo esto hay que agregar tres condicionamientos que, en el fondo, resultan la peor consecuencia de este difundido asistencialismo estatal: a) desde el punto de vista social se alimenta la pasividad y la actitud de dependencia de las personas que reciben los subsidios, al punto de crear incentivos negativos para que ellos puedan, por sí mismos, abandonar la situación en que se encuentran; b) en el plano de lo político los mandatarios olvidan muy pronto que los dineros que entregan provienen del resto de los ciudadanos y actúan como si ellos mismos hicieran una caridad generalizada; se arrogan la paternidad de esos programas y, en muchos casos, disponen de los fondos públicos como si fueran propios, alimentando la creciente corrupción que afecta a nuestros países; c) por último, y también en el plano político, se crea una situación de hecho que se hace muy difícil de modificar, pues ninguna fuerza política, como decíamos, se atreve a censurar estos programas y, mucho menos, a proponer su reducción o su definitiva eliminación.

Todas estas consecuencias negativas, que de un modo u otro comparten casi todas las políticas sociales de los gobiernos de América Latina, se acumulan de un modo tal que generan esa extendida frustración a la que nos referíamos, esa debilidad del sistema democrático concreto que se ha adoptado en nuestra región y que está en el origen de los problemas políticos que nos aquejan.

Las democracias del siglo XXI

Si las democracias que existen en América Latina hoy resultan frágiles y por lo general inoperantes, si muestran severas limitaciones cuando se las compara con algunas dictaduras, es porque nuestros sistemas políticos actuales han construido un modelo que, respetando algunos rasgos externos de las democracias liberales, son en el fondo contrarios a la libertad personal e incapaces de suministrar a la ciudadanía los servicios básicos que debe proveer todo estado.

En el carácter redistributivo de las democracias actuales está la raíz de muchos de los problemas que soportamos hoy. Porque la maquinaria política, concebida para repartir lo que quita a unos para dárselo a los otros, se envilece a medida que se convierte en una competencia para exigir más del estado, como si éste fuese una entidad supraterrenal capaz de contentar a todos proveyendo servicios en una escala cada vez más extendida. No son sólo los subsidios directos los que agotan su capacidad financiera sino un vasto complejo de funciones, que van desde la educación a la salud, pasando por decenas de organismos burocráticos de toda índole, pero descuidando lo que es esencial a la naturaleza de la institución estatal, la seguridad y la justicia. Y esta debilidad, esta inoperancia, no sólo se manifiesta en el plano de unas finanzas públicas siempre en tensión, sino que se extiende al plano de lo moral, de lo ideológico, de la filosofía misma de la función pública: el estado que conocemos en estas tierras es una maquinaria que asume una cara benevolente, que trata de conformar a todos, que navega entre las promesas incumplidas y la corrupción, que es incapaz de trazar una delimitación clara de sus funciones y, por lo tanto, invade cada vez más la esfera de lo que es y debe mantenerse en el plano de la conducta individual.

En estas debilidades de las democracias modernas podemos encontrar la explicación a esa especie de fascinación con que muchos, hoy, recuerdan a pasadas dictaduras. Porque en las dictaduras, casi de cualquier tipo, es raro que se descuiden las funciones de defensa y de seguridad del estado: a casi todo dictador le interesa que reinen el orden y la seguridad en el país que gobiernan, porque así están en mejores condiciones de mantenerse en el poder y desbaratar las posibles conspiraciones de sus adversarios. Claro está, en este ambiente de orden pueden suceder muchas cosas: puede existir una sana política económica, que favorezca el desarrollo de toda clase de actividades productivas, o puede existir también una política demagógica, que trate de otorgar prebendas a diversos grupos y que refuerce el control del estado sobre la economía, haciendo así a los ciudadanos más débiles frente al poder. El caso extremo es el de las dictaduras comunistas que, apropiándose de todos los recursos y ocupándose de todas las actividades económicas, dejan a sus súbditos completamente desvalidos frente a las decisiones de los gobernantes. Sólo en el caso de dictaduras que separen nítidamente las esferas de lo político y de lo económico, eliminando los derechos políticos pero permitiendo la libertad de producción, intercambio y consumo, se produce el resultado de un mayor desarrollo, como el que tuvo el Chile de Pinochet o la China de Deng Xiaoping. Apostar por la dictadura, entonces, es participar en una lotería incierta, donde la mayoría de los números llevan a la perdición pero unos pocos, en cambio, tienen el premio del crecimiento económico.

Pero reconocer estos hechos no significa, y esto es lo importante, convalidar las formas de democracia que prevalecen en este siglo que comienza. La democracia actual, prácticamente en todos los países, tiende a descuidar el delicado equilibrio de poderes que necesita un sistema republicano para no degenerar en un poder ilimitado de las masas de votantes que, guiadas por sus intereses de corto plazo, la convierten en un sistema de redistribución de ingresos cada vez más amplio y pernicioso. Los electores quieren seguridad, educación, salud, obras públicas y toda clase de bienes y servicios, y presionan a los gobiernos para que se los otorguen, pensando siempre que “otros”, los más ricos por supuesto, pagarán con sus impuestos las cargas económicas que esto supone.

En los países más ricos, que ya han alcanzado un nivel de vida satisfactorio para la mayoría de la población, estos objetivos se logran sin dañar demasiado la economía, sólo debilitando su crecimiento, aunque llevando a veces a severas crisis, como la que todavía, en 2010, estamos soportando. La provisión de seguridad y justicia, sin embargo, queda generalmente intacta, por lo que el sistema, en general, logra mantenerse en funcionamiento, especialmente si se le hacen periódicos ajustes como, por ejemplo, realizan algunos países escandinavos. Pero en sociedades menos ricas, como las de América Latina, donde la mayoría de los habitantes viven en condiciones de necesidad o de pobreza, las consecuencias pueden resultar en algunos casos increíblemente nefastas.

En primer lugar porque la masa de los que poco tienen es capaz de producir resultados electorales que llevan a los gobiernos a extremar las políticas de repartición de ingresos, desequilibrando sus cuentas fiscales y convirtiéndose en un pesado lastre que impide el rápido desarrollo económico que en esas naciones se necesita. Pero, en segundo lugar, porque al obligar al estado en convertirse en una máquina benefactora, hacen que se diluyan las funciones de seguridad y defensa, creando un ambiente donde prospera la delincuencia y la corrupción. Los ciudadanos entonces se frustran y, cuando se dan ciertas condiciones particulares, se entregan al discurso de demagogos socialistas que terminan por adueñarse del poder absoluto y cancelan toda división de poderes: las libertades democráticas se pierden sin que, en contrapartida, se logre un mayor progreso material.

¿Es posible salir de este círculo vicioso de promesas incumplidas, frustraciones acumuladas, inseguridad y gobiernos ineficaces? ¿Estamos condenados al dilema de elegir entre gobiernos débiles e ineficaces, por un lado, o demagogos que terminan convirtiéndose en dictadores? Creemos que no, aunque la solución, tampoco, puede alcanzarse de inmediato.

Lo que se necesitaría en América Latina es un regreso a los valores republicanos y a la visión de una democracia liberal en la que los gobiernos dejen de presentarse como benefactores sociales y, en cambio, asuman las funciones que hoy no cumplen, y que toda sociedad necesita para prosperar: garantizar la paz y el orden, dar seguridad jurídica a todos, hacer respetar la ley y un auténtico estado de derecho. Este cambio requiere, ante todo, de un cambio de opinión, de una manera diferente de ver las cosas, y compete especialmente a los líderes y a los partidos políticos, a los académicos y los periodistas, a todos quienes tienen un papel destacado en la formación de la opinión pública general. No es nada fácil lograrlo, lo sabemos, pero quizás la reflexión sobre los males que hoy padecemos y los peligros que nos amenazan ayuden a repensar nuestro estilo de hacer política, a cambiar el orden de las prioridades, a enfrentar el futuro sin engañarnos a nosotros mismos. Ese, y no otro, es el propósito de estas líneas que hoy entregamos a la consideración de los lectores.

Notas:

1. En este trabajo utilizamos el término dictadura sin hacer mayores precisiones sobre su contenido, aunque entendemos perfectamente que el concepto abarca una gran variedad de formas y matices que no debieran pasarse por alto. Lo hacemos de este modo para poder concentrarnos en el término opuesto, la democracia, y no restar unidad a la exposición. Pero aceptamos que queda en pie una deuda con el lector, por lo que el autor promete, tan pronto como sea posible, elaborar otro texto complementario al presente donde se trate en mayor profundidad el problema de las dictaduras pasadas y presentes.

2. V. mi libro El fracaso del intervencionismo, ed. Panapo, Caracas, 1999, caps. 6 y 14, donde a la sazón desarrollaba estas ideas.

Ese muerto que vos matáis

José Antonio Crespo

A sus 81 años, el PRI, “ese muerto que vos (nos) matáis” desde hace años, goza de cabal salud, muy dispuesto a regresar al poder en 2012 y con altas probabilidades de conseguirlo. Y como el PRI en realidad no se ha renovado —ni siquiera discursivamente—, su tenaz supervivencia y recuperación exige alguna explicación. Muchos factores confluyen en ello.

1) A diferencia de los partidos únicos, cuya rigidez los hizo derrumbarse hasta casi desaparecer (o sin el casi), el PRI, como partido hegemónico, tuvo una mayor flexibilidad institucional que le ha permitido adaptarse mejor en la oposición. Hay un parangón con el Partido Nacionalista de Taiwán que, habiendo sido único por varios años, se flexibilizó, perdió el poder en 2000, y lo recuperó ocho años después, durante los cuales gobernó un partido “democrático”, que resultó un enorme fiasco.

2) El autoritarismo priista fue mucho más suave que los regímenes de partido único y, por supuesto, que las dictaduras militares o personalistas. Por ello nuestro cambio democrático fue mucho menos marcado que en la mayoría de los países en ese trance. Y, en esa medida, el PRI ha resultado mucho más tolerable a los ciudadanos, y su eventual retorno al poder no genera demasiado rechazo.

3) Cuando el PRI estaba más débil, recién perdido el poder presidencial, Vicente Fox decidió darle respiración de boca a boca —como ha explicado Xóchitl Gálvez— y extenderle una carta de impunidad con el propósito de contar con su cooperación para realizar reformas económicas estructurales, que finalmente el PRI no concedió. Eso le dio un tiempo valioso para reorganizarse, justo cuando estaba tambaleante.

4) El PRI logró superar el principal reto derivado de su derrota presidencial: sustituir su tradicional gobernabilidad vertical —engarzada en el Presidente— por una de tipo horizontal (entre gobernadores, líderes corporativos, jefes de facción). Estuvo a punto de una crisis mayor en 2002, cuando por primera vez eligió dirigente nacional del partido por sí mismo, sin el dedazo presidencial. Cosa que pudo dirimir de mucho mejor manera en 2007, lo que refleja que, si bien no hubo renovación moral del partido, sí hubo aprendizaje en el manejo de sus procesos internos.

5) El PRI se ha beneficiado indirectamente de los errores, claudicaciones y omisiones de sus adversarios. Por ejemplo, el costo de recibir impunidad por parte de los gobiernos panistas, en realidad lo paga menos el PRI y más el PAN. Por eso, cuando los panistas reiteran una y otra vez sobre la corrupción del PRI, la pregunta que de inmediato surge es, ¿y qué hizo al respecto el PAN desde el poder? ¿Por qué no penalizó la corrupción priista? ¿Por qué repitió sus pautas de corrupción e impunidad? El PAN queda así como una mala réplica del PRI. Y muchos, por lo visto, prefieren regresar al original.

6) Por otro lado, el PRD tampoco se ha distinguido claramente de una de sus raíces fundadoras —el PRI—, salvo en que muestra mucho menor disciplina y cohesión internas. Su oscilación entre radicalismo y moderación, así como su estridencia discursiva, contrastan con la tradicional institucionalidad del PRI. Y es cierto, las posturas del PRI son rancias, pero en menor medida que las del PRD (que datan de 1940).

7) El PRI sigue siendo el único partido nacional. Es, o bien partido dominante en algunos estados, o uno de los dos contendientes ahí donde prevalece un bipartidismo (frente al PAN en algunas entidades, y ante el PRD, en otras). La excepción es el Distrito Federal, donde el PRI cayó al tercer sitio, si bien en los últimos comicios incrementó su votación de manera notable.

Por todo lo cual, el PRI tiene buenas probabilidades de recuperar Los Pinos, aunque es algo que no puede darse como hecho. La prueba de fuego será, nuevamente, la forma en que logre dirimir su candidatura presidencial. No haberlo hecho adecuadamente en 2006 lo envió al tercer sitio. Si el PRI aprendió de ese tropiezo, podrá ahora dirimir internamente quién será el abanderado, para no perder la unidad básica sin la cual difícilmente se puede ganar una elección presidencial.

Unidad que, de preservarse, contrastará con los inacabables conflictos dentro de la izquierda y con el creciente divisionismo, el malestar interno y el descrédito externo del PAN.

3 de marzo de 2010

Cómo Milton Friedman Salvó a Chile

Bret Stephens

Milton Friedman murió hace más de tres años. Pero no cabe duda de que su espíritu protegió a Chile en la madrugada del sábado. Gracias en buena parte al economista estadounidense, el país ha soportado una tragedia que en cualquier otro sitio habría sido apocalíptica.

La magnitud de un terremoto se mide en una escala logarítmica. El terremoto que afectó en 1994 a Northridge, California, fue de una magnitud de 6,7 en la escala de Richter. Pero sólo liberó la mitad de energía sísmica que el de 7,0 que asoló Haití en enero, que fue el equivalente a la explosión simultánea de 2.000 bombas del tamaño de la que cayó sobre Hiroshima.

En cambio, el terremoto del sábado en Chile alcanzó una magnitud de 8,8. Es decir, casi 500 veces más potente que el de Haití, o aproximadamente un millón de Hiroshimas. Sin embargo, el balance provisional de fallecidos —795 en el momento de escribir estas líneas— es muy inferior frente a las 230.000 personas que se estima han muerto en Haití.

No es causalidad que los chilenos habitaban en casas de ladrillo, y los haitianos en casas de paja, cuando llegó el lobo a derribar la vivienda. En 1973, el año en el que el gobierno protochavista de Salvador Allende fue derrocado por el general Augusto Pinochet, la economía estaba en la ruina. La inflación alcanzaba una tasa anual de 1.000%, se habían agotado las reservas en divisa extranjera y el PIB per cápita era aproximadamente el de Perú y muy inferior al de Argentina.

Lo que Chile tenía era capital intelectual, gracias a un programa de intercambio entre la Universidad Católica y el departamento de economía de la Universidad de Chicago, por aquel entonces el hogar académico de Friedman. Incluso antes del golpe de estado de 1973, varios de los Chicago Boys chilenos habían redactado una serie de propuestas que equivalían a un manual para liberalizar la economía: drásticas reducciones del gasto fiscal y de la oferta monetaria; privatización de las compañías estatales y eliminación de obstáculos para la libre empresa e inversión extranjera, figuraban entre las medidas.
[palacios] Arriba: Getty Images Abajo: Associated Press

El palacio presidencial de Chile sobrevivió el terremoto, en contraste al de Haití.

En la mitología izquierdista —especialmente en el tedioso y largo libro "La Doctrina del Shock", de Naomi Klein publicado en 2007— los Chicago Boys no fueron simplemente los compañeros de ruta tecnocráticos de la dictadura de Pinochet, sino cómplices de sus crímenes. "Si la teoría económica pura de Chicago se puede llevar a cabo en Chile sólo con el precio de la represión, ¿deberían sentir alguna responsabilidad sus autores?", escribió el columnista Anthony Lewis en The New York Times en octubre de 1975. De hecho, Pinochet había sido indiferente a los consejos de los Chicago Boys hasta que la persistente crisis económica lo obligó a buscar alternativas. En marzo de 1975, se reunió durante 45 minutos con Friedman y le pidió que le escribiera una carta proponiéndole algunos remedios. Friedman respondió un mes más tarde con una propuesta de ocho puntos que reflejaba básicamente las ideas de los Chicago Boys.

Después de esto, Friedman se pasaría el resto de su vida siendo acusado de cómplice del mal. Durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Economía al año siguiente fue recibido con protestas y abucheos. El propio Friedman no pudo decidir si los insultos lo divertían o molestaban. Posteriormente, indicó con un dejo de ironía que había dado a las dictaduras comunistas el mismo consejo que a Pinochet, sin ser criticado por la izquierda.

En Chile, Pinochet designó a una sucesión de Chicago Boys en los principales cargos económicos. Para 1990, el año en el que cedió el poder, el PIB per cápita había subido 40% (en dólares de 2005) mientras las economías de Perú y Argentina se estancaron. Los sucesores democráticos de Pinochet —de una coalición de centroizquierda— ampliaron la ofensiva liberalizadora. El resultado es que los chilenos se han transformado en el pueblo más rico de Sudamérica. Tienen los niveles más bajos de corrupción, la tasa de mortalidad infantil más baja y el menor número de personas que vive por debajo del umbral de la pobreza.

Chile también cuenta con uno de los códigos de construcción más estrictos del mundo, algo que tiene sentido en un país que está entre dos masivas placas tectónicas. Pero tener códigos es una cosa y hacerlos cumplir es otra. La calidad y consistencia de la aplicación de las normas está relacionada generalmente con la riqueza de las naciones. Mientras más pobre un país, más probable que se intenten reducir costos con el acero de refuerzo, o se use concreto de mala calidad, o se mienta sobre el acatamiento de las normas. En el terremoto de 2008 en Sichuan, China, miles de niños quedaron sepultados bajo escuelas construidas de acuerdo a los códigos.

En "La Doctrina del Shock", Klein titula uno de sus capítulos "El Mito del Milagro Chileno". En el libro, la única cosa que logran Friedman y el resto de los Chicago Boys fue llevar la riqueza a la clase alta y eliminar la mayor parte de la clase media. Pero los chilenos de todas las clases sociales—que enfrentan las secuelas de un shock real— pueden tener otra interpretación de Friedman, que los ayudó a darles los recursos primero para sobrevivir al terremoto, y ahora para reconstruir sus vidas.

2 de marzo de 2010

¡Viva Zapata!

Mary Anastasia O'Grady

El presidente de México, Felipe Calderón, sonrió ampliamente mientras saludaba a su par cubano, Raúl Castro, en la cumbre del Grupo de Río organizada la semana pasada en la lujosa riviera mexicana. Ambos, luciendo guayaberas bien planchadas, se dieron un apretón de manos mientras Calderón, mostrando un especial deleite, hacía gestos a la audiencia para que diera la bienvenida al invitado especial de México.

A sólo 500 kilómetros de distancia, en un hospital penitenciario de La Habana, el preso político Orlando Zapata estaba en coma. Durante 84 días, este albañil de 42 años y origen humilde había estado en huelga de hambre para protestar contra la brutalidad del régimen castrista hacia los presos de conciencia. Su muerte era inminente.

La espantosa situación de Zapata no era ningún secreto. Durante su huelga de hambre le habían negado agua por 18 días consecutivos y lo habían colocado frente a un equipo de aire acondicionado. Sus riñones habían colapsado y tenía neumonía. Durante meses, grupos de derechos humanos habían reclamado atención internacional para su caso.

Pero en Playa del Carmen, en la península de Yucatán, Calderón no iba a permitir que Zapata arruinara su fiesta o la oportunidad para mejorar su imagen entre los gobiernos antidemocráticos de la región. La cumbre siguió su curso, sin menciones del infierno humanitario de La Habana. El martes pasado, Zapata murió.

Su fallecimiento, ocurrido al mismo tiempo que los líderes de América Latina compartían mesa y mantel con Castro, es una coincidencia que captura la cobardía y el oportunismo que han definido durante medio siglo el acercamiento de la región hacia la opresión cubana. Ahora, la pandilla latinoamericana, con Cuba como miembro destacado, ha decidido formar un nuevo bloque regional para "reemplazar" a la Organización de Estados Americanos. Para dejar claras sus intenciones, prohibieron la asistencia a la reunión del presidente democráticamente electo de Honduras, Porfirio Lobo.

El Ministerio mexicano de Relaciones Exteriores no quiso responder la semana pasada a los pedidos para que Calderón difundiera un comunicado sobre la muerte de Zapata. Su silencio sugiere que lo único que lamenta Calderón es la desafortunada coincidencia entre su fallecimiento y el comienzo de la cumbre.

Zapata, de todos modos, no partió en silencio. Su muerte ha puesto de relieve otra vez la verdad acerca de las vidas de los 11 millones de cubanos esclavizados durante 50 años por un régimen totalitario. Y también supone un acontecimiento embarazoso para personajes como Calderón. Periódicos de todo el mundo, de Buenos Aires a Madrid, están denunciando la increíble hipocresía de aquellos que fingen tener una preocupación por los derechos humanos mientras apoyan a Castro.

Al igual que casi todos los disidentes cubanos, Zapata no eligió su papel de mártir, sino que el papel lo eligió a él. Oriundo de la provincia de Holguín, en el oriente del país, Zapata atravesó el sistema educativo como cualquier otro ciudadano. Pero el obligatorio adoctrinamiento marxista no funcionó con él. Como muchos patriotas cubanos antes que él, una vez que su conciencia se había despertado no había crueldad en el mundo que pudiera impedir que denunciara el sistema.

Zapata formó parte de la ola de resistencia pacífica que comenzó a organizarse y crecer en los últimos años de la década pasada y principios de ésta. En 2002 fue detenido tres veces. Según el Directorio Democrático Cubano, una organización de Miami que monitorea la actividad disidente, Zapata fue arrestado por cuarta vez el 6 de diciembre de 2002, "junto a [el médico y destacado militante pacifista] Oscar Elías Biscet".

Biscet, un católico practicante y discípulo de las ideas no violentas de Martin Luther King, empezó a oponerse al régimen cuando se enteró de la política habitual de asfixiar a los bebés que sobrevivían a los intentos de aborto. Hoy es considerado uno de los mayores defensores de los derechos humanos de la isla. Tanto su prolongada estadía en prisión, como las torturas que ha recibido, están bien documentadas. No hay información sobre si Calderón, que también se define como católico, discutió la situación de Biscet con su invitado, Raúl Castro.

Zapata fue arrestado otra vez en marzo de 2003, junto con otros 74 activistas, en un episodio conocido desde entonces por la resistencia como la "Primavera Negra". Desde entonces estuvo detenido y en mayo de 2004 fue condenado a 25 años de prisión. Su compromiso con sus hermanos, sin embargo, se mantuvo firme. De hecho, se profundizó.

En julio de 2005, en la prisión de Taco Taco, Zapata participó de una protesta no violenta para conmemorar la masacre de 41 cubanos que en 1994 habían intentado fugarse de la isla en un bote a motor y fueron ahogados por el aparato de seguridad. Eso le valió otros 15 años de sentencia.

Zapata fue encontrado culpable de "desobediencia a la autoridad" y torturado con frecuencia. Pero murió libre, incólume y convencido de no entregarle su alma al régimen, que ya es más de lo que se puede decir de Calderón. Se dice que los contratos de exploración en alta mar que Castro le ha dado a la brasileña Petrobras explican las caricias con el dictador.

Con respecto a la libertad de Cuba, el deseo sigue vivo, y la muerte de Zapata ya sirve como una fuente de renovada inspiración. El régimen lo sabe y por eso sus fuerzas de seguridad tomaron el control de su pueblo natal el día de su funeral. Mientras los cubanos lloran la muerte de Zapata, lo seguro es que, valorando su triunfo sobre el mal y el regalo de su valentía a la nación, no dejarán que su muerte sea en vano.

27 de febrero de 2010

26 de febrero de 2010

La “doctrina Calderón”

José Antonio Crespo

De concretarse la propuesta de formar un nuevo organismo regional de América Latina y el Caribe, lo que quizá llegue a conocerse como la “Doctrina Calderón” podría rezar: “Latinoamérica para los latinoamericanos”. Pero, como suele suceder en estos casos, la paternidad de la idea es disputada por distintos países, y se remonta en el tiempo cada vez más atrás. Hugo Chávez defiende el fuero histórico de su país y afirma, con razón, que la propuesta original viene de Simón Bolívar (por cierto, asesor personal del presidente venezolano, a “larga distancia”). El organismo latinoamericano y del Caribe podría interpretarse como un acto de autonomía política respecto del gran tutor e interventor de la región, Estados Unidos, para discutir los intereses comunes y dirimir las diferencias regionales sin la presencia y la supervisión estadunidenses, a diferencia de lo que ocurre con la OEA.

Y es que, aun antes de la independencia de nuestros países, EU ya se perfilaba como el fulcro de la balanza en la política latinoamericana, y con mucho más razón en el caso de México, su traspatio inmediato. Por ejemplo, los insurgentes enviaron diversos emisarios para intentar conseguir armas modernas que permitieran inclinar la balanza a favor de su movimiento. El entonces secretario de Estado, James Monroe (el mismo de la doctrina antieuropea), propuso al enviado insurgente, Bernardo Gutiérrez de Lara, que una vez alcanzada nuestra autonomía nos incorporásemos a la Unión Americana. De ocurrir eso, dijo Monroe, lograríamos formar “la potencia más formidable del mundo”. Muchos pensarán hoy que ahí se perdió una gran oportunidad para los mexicanos y que hemos pagado caro el no haberla aprovechado. Si bien desde entonces algunos veían, incluso en el acto de pedir cualquier cosa, algo indigno: el doctor José María Cos acusó en 1815 a sus correligionarios insurgentes “de comprometer la honra nacional enviando a los Estados Unidos de América un plenipotenciario en demanda de auxilio...” Sin embargo, poco antes, José María Morelos, que también consideraba esencial contar con esas armas, hasta pensó en ceder Texas —según lo comunicó por escrito en 1813—, por recomendación de uno de sus lugartenientes, David Faro, de nacionalidad estadunidense. El hecho es que los insurgentes no lograron obtener del vecino del norte las armas que requerían, y en buena parte por ello perdieron la guerra frente a los realistas (que son quienes hicieron la Independencia por razones distintas a las que inspiraron a los insurgentes). Por su parte, un tenaz independentista, como fray Servando Teresa de Mier, fue más allá, y propuso a los estadunidenses la integración de ambos países, a cambio de su ayuda: “Declárese Estados Unidos por la independencia de México, y yo les aseguro que no sólo será República, sino confederada con Estados Unidos”.

Una vez lograda la Independencia, nuestro primer presidente, Guadalupe Victoria, en parte ante el temor de una invasión española (que en efecto sucedió en 1829), pensó conveniente formar una federación americana, que debiera ser encabezada por quien había impulsado ese ideal: Simón Bolívar. ¿Quién mejor para dirigir una liga de esas características que uno de sus más entusiastas promotores, desde su Carta de Jamaica de 1815? ¿Quién mejor que aquel que había expresado que “la unión bajo un solo gobierno supremo nos hará formidables a todos”?

Y el Libertador pensaba que la metrópoli de esa confederación debía ser México, “la única (ciudad) que puede serlo por su poder intrínseco”. Bolívar rechazó la oferta de Victoria “aunque mucho me lisonjea”. Pero había una pequeña diferencia entre los proyectos de Bolívar y de Victoria: el primero había pensado en una “soberbia federación” sin los estadunidenses, puesto que éstos “parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias a nombre de la libertad” (un bosquejo de la posterior doctrina del Destino Manifiesto). En cambio, don Gudadalupe consideraba que Estados Unidos, “como potencia grande y marítima, debe tener una gran parte en esta necesaria federación”. Y como resultado... nada.

Veremos, pues, qué sucede con este nuevo esfuerzo de organización de Iberoamérica y el Caribe. A ver si, como quería Bolívar, “nos hará formidables a todos”.

17 de febrero de 2010

32 reflexiones para liberar las drogas

Alberto Benegas Lynch (h)

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

Estas líneas constituyen el resumen de un trabajo que presenté en la Academia Nacional de Ciencias Económicas de Argentina y que, ampliado y desarrollado, se convirtió en un libro sobre este tema tan espinoso y delicado. Ahora presento el referido resumen en treinta y dos puntos para mi columna semanal en este diario.

1. La tesis o columna vertebral en torno a la cual gira esta presentación estriba en que moralmente no corresponde criminalizar lo que no constituye un crimen. En este sentido, no debe confundirse un vicio por el que una persona se daña a si misma o a su propiedad con una lesión al derecho de terceros, a través de lo cual se daña a otras personas o a sus propiedades.

2 . La drogadicción es una tragedia. Habitualmente produce lesiones cerebrales irreversibles, masacre psíquica, distorsión de los sentidos y de la capacidad perceptual. La abstinencia suele estar acompañada de dolores musculares intensos, calambres extendidos por todo el cuerpo, expulsión de abundantes fluidos, escalofríos, notoria disminución de la actividad cerebral, debilitamiento extremo, aumento de la frecuencia respiratoria, dilatación de las pupilas, todo lo cual ocurre en un contexto de tremenda zozobra.

3. La tragedia se pone de manifiesto al observar seres que decimos humanos solo por algunos rasgos externos de quienes están tirados en las calles, desalineados al extremo de la roña, con piernas y brazos que se asemejan a palos de escoba, llenos de venas saltonas y agujereadas por todas partes, rostros desencajados, ojos inyectados en sangre sin expresión, bocas babeantes con labios púrpura resecos y rajados, pieles de un amarillo mortecino, tabiques nasales perforados y generalmente vestidos con colores fúnebres, estampados con calaveras de diversas dimensiones. Esta es la imagen viva de la tragedia, aunque debe puntualizarse claramente que una cosa es el uso y otra el abuso, de mismo modo que no todos los que beben alcohol están en estado de delirium tremens. El poeta que se cree mas inspirado o el operador de Wall Street que se cree mas eficiente consumiendo drogas, no necesariamente están incluidos en el cuadro que acabamos de dibujar.

4. Por las razones que a continuación expondremos, la prohibición de las drogas alucinógenas para usos no medicinales intensifica en grado exponencial la drogadicción y extiende de modo horripilante la tragedia a los que deciden no intoxicarse, del mismo modo que ocurrió con la Ley Seca en EE.UU. que hubo que abrogarla debido a la organización criminal que creó, al aumento colosal del alcoholismo, la muy extendida corrupción de autoridades que generó y los daños y muertes de inocentes que produjo, junto con los costos astronómicos que debieron afrontarse.

5. La prima por el riesgo de operar en ese mercado, hace que el precio de la droga se eleve sustancialmente, generando abultados márgenes de ganancias.

6. Ese precio elevado permite que irrumpan en el mercado las drogas sintéticas, de efectos mucho mas devastadores que las naturales.

7. También los altos precios permiten que aparezca la figura del "pusher" quien obtiene miles de dólares semanales y que se ubica generalmente a la entrada de los colegios y otros lugares para atraer clientela, especialmente de gente joven.

8. El costo de la escalada, solamente en EE.UU., se ha elevado en un 50.000% desde que empezó la llamada "guerra contra las drogas" en la década de los setenta, lo cual debe ser sufragado por todos, consumidores y no consumidores de drogas.

9. El comercio en el mercado negro no permite la contención por parte de médicos y de los tribunales en caso de fraude en la venta, a los efectos de evitar castigos.

10. El comercio en el mercado negro obliga a los consumidores a entrar en el circuito criminal, con todos los riesgos que de ello se deriva, lo cual, en algunas oportunidades también dificulta la utilización de drogas para fines terapéuticos.

11. El comercio en el mercado negro tiñe las actividades legítimas a través del “lavado” de dinero, lo cual oscurece las contabilidades y los registros de los negocios de una y otra característica.

12. Las documentaciones correspondientes atestiguan la monumental corrupción de autoridades policiales, de jueces, gobernantes, militares y agencias encargadas de controlar el mercado de drogas.

13. Cuanto mayor la persecución mas trabajo intensivo se hace el mercado de drogas ya que, por razones de seguridad, los contactos se hacen en forma de red donde cada uno tiene relación con un grupo y así sucesivamente, lo cual incluye a menores por considerárselos no imputables.

14. Cuanto mayor es la persecución en una zona, mayores son los estímulos e incentivos para la extensión del mercado a otras áreas.

15. Cuanto mayores son las dificultades para entrar la droga a un área, mas capital intensiva se vuelve la actividad montando laboratorios locales.

16. Cuanto mayor es la persecución mayor es el número de gente violenta que se contrata en la actividad de las drogas.

17. Cuanto mayor es la persecución, mayor es el número de víctimas inocentes heridas y muertas.

18. En forma creciente se observa la impunidad con que actúan y el interés por parte de los encargados de controlar el mercado de drogas para repartirse los activos de los barones de las drogas y de muchos otros que nada tienen que ver con la drogadicción.

19. Debido a que se trata de una relación contractual voluntaria, en el mercado de drogas no hay víctima ni victimario, por tanto debe recurrirse a la figura del “soplón” que necesariamente significa abuso de derechos y lesión de libertades, a través del entrometimiento en el secreto bancario, escuchas telefónicas, invasión de domicilio y detención sin juicio previo.

20. Existe una conexión entre los abultados márgenes operativos del negocio de la droga con el terrorismo, en cuanto a la financiación de sus actividades criminales.

21.En muchas ocasiones se presenta una anomalía estadística vía un error de inclusión en cuanto a la relación drogas-crimen. No es relevante tomar el universo de crímenes y constatar que existe una alta proporción de drogadictos. Lo relevante es tomar el universo de drogadictos y constatar que hay una proporción mínima de personas que cometen crímenes. Mas aun, en innumerables casos el nexo causal se invierte: el criminal se droga debido a que habitualmente un crimen cometido bajo los efecto de las drogas constituye un atenuante en lugar de un agravante.

22. Paradójicamente, se suele considerar al drogadicto como un enfermo y , sin embargo, se lo manda a la cárcel. Se dice que hay que protegerlo contra sus propias necedades y, sin embargo, se lo castiga. Existe el error de atribuir una enfermedad a toda conducta incivilizada, como si se tratara de difteria o cáncer. También se suele atribuir al drogadicto la condición de “enfermo mental” sin tener en cuenta que la patología define la enfermedad como una lesión orgánica y, por tanto, resulta una metáfora peligrosa el extrapolar la noción de enfermedad a la psique, el alma o la mente, allí donde no existen problemas químicos. No somos solo kilos de protoplasma, los estados mentales es lo que nos permite rechazar el determinismo físico y adherir a los propósitos deliberados que, a su vez, hacen posible la distinción entre proposiciones verdaderas y falsas, y, consecuentemente, la argumentación y las ideas autogeneradas que, a su turno, abren la posibilidad de revisar nuestros propios juicios. Se dice, sin embargo, que el drogadicto no es un sujeto libre, como si no hubiera decidido libre y voluntariamente afectar su estructura intelecto-volitiva. Esto último nos recuerda a la persona que asesinó a sus padres y luego, en el juicio, pedía misericordia porque era huérfano.

23. Son muy bienvenidas todas las campañas y acciones que se financien con recursos propios tendientes a la rehabilitación de drogadictos que optan por dejar el vicio, pero no debería utilizarse coactivamente el fruto del trabajo ajeno a través de esa contradicción en términos denominada “Estado benefactor” (ya que la caridad, la beneficencia y la solidaridad no se realizan por la fuerza) para atender a quienes deliberadamente se han puesto en esa situación.

24. En nuestra propuesta, el trato con menores sería de la misma forma en que hoy se trata el tema de la pornografía, la licencia de conducir y el alcohol. Por las mismas razones no se daría lugar a la publicidad de drogas y en los lugares públicos se castigaría a quienes ponen de manifiesto la imposibilidad de controlarse a si mismos ya sea por haber ingerido tranquilizantes, alcohol, drogas o lo que fuera, del mismo modo que ocurre cuando un vehículo transita sin frenos o , de noche, sin luces.

25. Cualquiera podría actuar como subrogante para defender el derecho de una criatura por nacer, si la madre ingiere drogas que provocan malformaciones habitualmente conocidas como “crack babies”. Descuento que en esta calificada audiencia se conoce que la microbiología moderna enseña que hay una persona en acto desde el momento de la fecundación del óvulo con toda la carga genética completa y que si bien hay distintos comportamientos posibles de la madre en el período de gestación, hay un juicio prudencial y de decencia que no autoriza a mutilar, malformar y mucho menos aniquilar a la persona por nacer.

26. Nuestro análisis está dirigido a las relaciones entre adultos. Hay infinidad de actividades que son riesgosas como el boxeo y el aladeltismo y hay infinidad de actividades que producen muchas mas muertes que la drogadicción como el alcoholismo, el tabaco y las dietas perversas. En nuestro caso se trata de subrayar que la contracara de la libertad es la responsabilidad individual. No resulta procedente “jugar a Dios”, o mejor dicho, tener la arrogancia y la soberbia de “ser mas que Dios” ya que incluso en todas las grandes religiones se acepta que Dios, a través del libre albedrío, permite que el hombre se condene o se salve según sea su respectiva conducta. Por otra parte, como se ha dicho, si le damos mas importancia al alma que al cuerpo, habría que prohibir cosas tales como la lectura de libros dañinos y obras teatrales perjudiciales para la mente.

27. Las causas de la drogadicción siempre radican en un problema de carácter. Suele comenzar con la idea de vencer la timidez de cantar en público, con la idea de combatir el temor frente a una audiencia para hacer uso de la palabra, con la idea de facilitar la socialización, como rebeldía, como curiosidad o para seguir lo que otros hacen. En cualquier caso, es siempre consecuencia de decisiones personales y de una mala administración del propio carácter. Lo que no es admisible es endosar la responsabilidad a factores como la pobreza, puesto que dado que todos provenimos de las cavernas, sería una falta de respeto a nuestros ancestros el sostener semejante tesis, sin perjuicio de constatar que en no pocos círculos de la “alta sociedad” la drogadicción está generalizada, con la diferencia de que muchas veces se los exceptúa del castigo por los contactos que mantienen con el poder de turno, con los que frecuentemente no cuentan aquellos de menores recursos.

28. Si se deja sin efecto esta llamada "guerra contra las drogas", la eliminación del elemento crucial del "fruto prohibido", la desaparición de los "pushers" y la no existencia de la publicidad, constituyen tres factores que cambiarían lo que en la economía convencional se denomina "la función de la demanda" produciéndose un corrimiento de la curva correspondiente hacia la izquierda. Pero debemos repetir que estas medidas de liberación del mercado de drogas no las propugnamos por razones primordialmente utilitarias sino por motivos morales, es decir, no criminalizar lo que no constituye un crimen. Podemos incluso suponer que simultáneamente a la liberación cambian las estructuras axiológicas de la gente y hay mas personas que deciden drogarse hasta perder el conocimiento o, a los efectos, deciden constiparse hasta morir o no ingerir alimentos nutritivos. Cada uno debe asumir la responsabilidad por lo que hace y, en una sociedad abierta, el aparato de la fuerza que denominamos gobierno debe utilizar la violencia solo a título defensivo, nunca ofensivo. Aunque no es lo que ocurre, admitimos también que la prohibición puede cambiar los valores de las personas reduciendo el consumo de drogas del mismo modo que es posible que hubieran mas cristianos convertidos durante la Inquisición o que se leyera menos sobre la libertad después de la quema de libros por Hitler, pero insistimos en que se trata de un asunto eminentemente ético.

29. Las drogas naturales a que aludimos vienen consumiéndose desde hace 2000 AC, comenzaron los problemas con la prohibición, que, dicho sea al pasar, fueron el resultado de estudios de mercado que realizó la mafia después de que los dejaron sin el negocio del alcohol. Los casos de la liberación de la marihuana en ocho estados en EE.UU. y el caso de la liberación parcial en Holanda no resultan concluyentes puesto que están rodeados de medidas contradictorias como el establecimiento de cuotas y, en este último país, con políticas contraproducentes como el reservar espacios públicos para drogadictos, el ofrecerles jeringas sin cargo etc. Por otra parte, en general, se ha criticado la posible liberación con el argumento que la disminución notable en los incentivos que tendrán lugar allí donde se liberan las drogas hará que los traficantes se trasladen a otros lares, lo cual es absolutamente cierto pero esto hará que se reconsideren las políticas en esos otros lados, del mismo modo que ocurre cuando en unos lugares se combate con mayor eficiencia la delincuencias y los delincuentes tienden a buscar espacios mas propicios para sus fechorías.

30. Sin duda que los intereses creados para que se mantenga el control son muchos y muy fuertes. Imaginemos las remuneraciones de los químicos, las tareas agrícolas, las fábricas de plaguicidas, los transportes, la actividad financiera y bancaria, los expertos en contabilidad y manejo de carteras, los gobernantes, policías, jueces, militares, agentes de organismos de control, los "traqueteros", las "mulas o camellos", los "topos" y tantas empresas y emprendimientos vinculados a las drogas horizontal o verticalmente.

31. Aquellos intereses creados se imponen frente a los resultados nefastos que produce la persecución en el mercado de las drogas : el aumento de la drogadicción, la lesión a los derechos de las personas, el costo de la "guerra" y la corrupción escandalosa. Thomas Sowell afirma que "Las políticas se juzgan por sus resultados, pero las cruzadas son juzgadas por lo bien que los hace sentir a los cruzados".

32. Debe subrayarse que cuando sugerimos no criminalizar lo que no es un crimen y, consecuentemente, liberar el mercado de drogas, no nos limitamos al consumo como se ha hecho en algunos lugares, legislación que parece fabricada por los comerciantes de narcóticos ya que se colocan en el mejor de los mundos: restringen la producción con lo que se les asegura márgenes de ganancias suculentos y se deja expedito el consumo. Milton Friedman, el premio Nobel en Economía y precursor contemporáneo de la liberación de las drogas, escribe que “ Las drogas son una tragedia para los adictos. Pero criminalizar su uso convierte la tragedia en un desastre para la sociedad, tanto para los que la usan como para los que no la usan”. Quiero concluir este breve resumen con una cita de Thomas Jefferson que reza así: "No podemos renunciar y nunca renunciaremos al derecho a nuestra conciencia. Solo respondemos por ella ante Dios. Los poderes legítimos del gobierno se aplican sólo si hay lesión a otros".


¿Es posible legalizar las drogas?

Insulza debe abandonar la OEA

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.

José Miguel Insulza debe retirar su candidatura para dirigir la OEA durante otro periodo. No ha sido un buen funcionario. Los cinco años que ha pasado al frente de la institución están entre los peores de la historia de ese organismo. Se suponía que había sido electo para fortalecer el funcionamiento de la democracia de acuerdo con el espíritu y la letra de la Carta Democrática firmada en Lima por todos los Estados miembros, nada menos que el 11 de septiembre de 2001, y, por el contrario, ha contribuido a su debilitamiento.

Tal vez el pecado original de Insulza es que le debe su cargo al apoyo de Hugo Chávez, lo que ni siquiera impidió que, en su momento, el venezolano, molesto por alguna declaración suya, lo calificara de "pendejo". En todo caso, cuando Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega o Rafael Correa han violado las libertades fundamentales de sus pueblos, silenciando a la prensa, acosando a la oposición o destruyendo la independencia de los otros poderes —el judicial y el legislativo—, el señor Insulza ha mirado en otra dirección, ha ignorado a las víctimas y ha justificado su inacción amparándose en la coartada de que se trataba de los asuntos internos de esos países.

Poco antes de la elección de Insulza, en mayo de 2005, el otro candidato, respaldado por EE.UU. y por varias democracias, era el ex presidente salvadoreño Francisco Flores. "Paco Flores" es una persona conocida por su integridad y decencia, pero, ante un virtual empate, la secretaria de Estado estadounidense, Condoleezza Rice, cedió a las sugerencias y presiones de Ricardo Lagos, entonces presidente de Chile, amigo y compañero socialista de Insulza, quien la convenció de la idoneidad de éste para el cargo y de sus convicciones democráticas. Fue un error de Rice, probablemente provocado por la escasa importancia que desde siempre les han dado en Washington a los asuntos latinoamericanos.

Para EE.UU., la América Latina es sólo una fuente de materias primas —petróleo, cobre y otras minucias— con la que, desde hace unos años, tiene una balanza comercial negativa, pero no es un territorio vital desde el punto de vista tecnológico o financiero. No obstante, en el geopolítico sí hay cuatro temas básicos que preocupan en Washington: el tráfico de drogas, la inmigración ilegal, la complicidad con los terroristas islámicos y las relaciones con Irán que hoy tienen algunos países de la zona —especialmente Venezuela—, en lo que parece ser el desarrollo de armas nucleares que un día, tras ser producidas por los científicos iraníes, pudieran incorporarse al arsenal venezolano.

¿Quién pudiera reemplazar a José Miguel Insulza al frente de la OEA? Tal vez es el momento de pensar en un ex canciller o ex presidente centroamericano, o en una figura prominente del Caribe, pero quien sea debe tener la entereza de responder a los principios consignados en los documentos fundacionales del organismo y en la Carta Democrática, aunque ello signifique el enfrentamiento con Chávez y con sus satélites. Lo que no resulta tolerable es que los enemigos de la democracia utilicen la OEA para fines contrarios a las razones que le dan forma y sentido a su existencia.

El Washington Post, en un artículo reciente, sugería que algunos congresistas estadounidenses congelaran los pagos y subsidios a la OEA si la institución mantenía el rumbo que le había asignado Insulza. Esa no es una buena idea. Es posible que Hugo Chávez llegue con sus petrodólares a comprar la institución a precio de saldo si EE.UU. le deja el camino libre. Sin embargo, de persistir la OEA en el camino actual, ciega y sorda ante las violaciones a las reglas democráticas y el clamor de las víctimas, tal vez lo sensato es crear un organismo paralelo junto a las naciones dispuestas a defender las libertades y el Estado de derecho. Lo que no tiene sentido es mantener en Washington un costoso aparato que, lejos de servir a los pueblos de América, contribuye a perjudicarlos.

10 de febrero de 2010

PAN-PRD: ¿suma aritmética?

José Antonio Crespo

Más allá de que se justifiquen o no las coaliciones electorales entre partidos ideológicamente antagónicos, la intención de los aliancistas es desde luego pragmática (aun si se aceptara su motivación democrática). El primer cálculo que se hace es, ante todo, aritmético: la suma de los votos de los partidos coaligados podría representar una mayoría capaz de derrotar al partido en el poder, contra el cual se edifica la coalición. Hagamos un ejercicio sumando los votos que los aliancistas (actuales o potenciales) captaron en la última elección federal, el año pasado (la información más reciente). Lo haremos en las entidades gobernadas en que se explora acordar una coalición electoral entre los partidos de izquierda (PRD, PT, PC) junto al PAN.

A) En Durango, la actual coalición congregó, entre todos sus componentes, 36% de la votación, muy lejano al 51% que conquistó el PRI (y el PVEM, aliado actual del PRI, consiguió 5% de votos). B) En Hidalgo, la que podría ser coalición opositora reunió 34% del sufragio, frente a 42% del PRI. Si el Panal se uniera a la coalición opositora, ésta hubiera obtenido 41%, posición ya amenazante al PRI, pero si el Verde se coaligara a su vez con éste, entonces su votación se volvería a disparar hasta 49 por ciento. C) En Oaxaca, los partidos a coaligarse (incluido el Panal) sumaron entre todos 43% del voto popular, frente al 44% del PRI. Una situación sumamente competida. Pero si a la votación del PRI se sumara la del PVEM, entonces el resultado sería de 49.5% de la votación (alejándose de nuevo de la alianza opositora por ocho puntos). D) En Puebla, los partidos de la eventual coalición opositora lograron congregar 39%, frente a 41.1% del PRI. Un escenario también competido.

Si el Panal formase parte de la alianza opositora, entonces ésta alcanzaría 42%, superando al tricolor por un margen estrecho. Pero si el PRI a su vez contara con el voto del Partido Verde, entonces la alianza oficialista ocuparía un holgado primer lugar, con 48 por ciento. Por cierto, en estas entidades, el PRI ganó todos los distritos legislativos (sólo uno de ellos en coalición con el PVEM).

Sin embargo, la lógica en los comicios federales puede ser muy distinta a la de los comicios locales. En ello radica la apuesta de los partidos aliancistas: lograr a través de la coalición una votación superior a la que resulta de sumar aritméticamente la que puedan congregar cada uno de sus componentes. Los elementos a considerar para ese desenlace son al menos los siguientes: 1) Un candidato atractivo por parte de la coalición opositora puede atraer nuevos votos para la oposición. 2) Los comicios intermedios son menos concurridos que aquellos en que se pone en juego la gubernatura de la entidad. Por lo cual, podría esperarse que aquellos que en 2009 se abstuvieron o anularon su voto, concurrieran a las urnas a sufragar por la coalición opositora.

Pese a todo, dicho análisis tiene también sus límites: A) se cree que el voto nulo estuvo alimentado por electores esencialmente antipriistas y por ello favoreció (presuntamente) al PRI. Eso no es exacto. También entre los anulistas hubo varios priistas; de acuerdo con el Gabinete de Comunicación Estratégica (ago/2009) de quienes se identifican con el PRI, 5% anuló su voto (porcentaje semejante al de los panistas y algo superior al de los perredistas que anularon su voto). Y de acuerdo con GEA-ISA (Jul/2009), entre los abstencionistas, 27% hubiera votado por el PRI, (frente a 22% por el PAN, 13% por el PRD y 25% de anulistas potenciales). B) No puede asumirse en automático que los partidarios del PAN y de la izquierda votarán por la coalición opositora. Sus sectores más duros (y por ende, más doctrinarios) pueden incluso aborrecer en mayor medida a su nuevo “aliado” que al PRI. Muchos de esos electores prefieren una derrota digna, pero manteniendo la pureza ideológica y doctrinaria de su partido, que un triunfo que implique transigir en sus principios (una claudicación, en su óptica). C) Finalmente, ante la amenaza opositora, el PRI puede buscar una coalición con el PVEM, con lo cual se haría más difícil su derrota. Y en tal caso, el beneficiado indirecto de las coaliciones sería ese partido-negocio, que sabe cobrar muy bien sus servicios como mercenario (como lo hace también el Panal). No basta, pues, con que estas coaliciones sumen para ganar: deben multiplicar. Pero incluso podrían restar. Habrá que ver.

Venezolanos sin derechos de propiedad

Robert Bottome y Norka Parra

Robert Bottome es director de VenEconomía.

Norka Parra es analista de VenEconomía.

Desde el 1° de febrero, con la publicación en Gaceta Oficial de la reforma de la Ley de Defensa de las Personas en el Acceso a los Bienes y Servicios (Ley de Depabis), quedó oficialmente suprimido lo que ya de hecho no existía en Venezuela: el derecho de propiedad y la libertad de empresa.

Se reformó esa ley bajo la excusa de controlar la inflación que, según el gobierno, se debe al acaparamiento y a la especulación de los empresarios, en lugar de al proyecto comunista que adelantan.

El reformado artículo 6 establece explícitamente el exterminio de toda actividad empresarial, al determinar:

* Que son de utilidad pública e interés social "todos los bienes necesarios para desarrollar actividades de producción, fabricación, importación, acopio, transporte, distribución y comercialización de bienes y servicios".
* Establece que el Ejecutivo Nacional podrá iniciar la expropiación de los bienes sujetos a esta Ley, sin que la Asamblea Nacional haga la declaratoria previa de utilidad pública e interés social.
* Implanta "la medida de ocupación, operatividad temporal e incautación mientras dure el procedimiento expropiatorio".
* Otorga total discrecionalidad a cualquier órgano o ente "competente" del Ejecutivo Nacional para instrumentar la expropiación mediante posesión y puesta en operatividad inmediata del bien o servicio sujeto a la Ley. Ese órgano o ente "competente" también asumirá la administración y aprovechamiento del establecimiento, local, bienes, instalaciones, transporte, distribución y servicios del bien expropiado.

Esta reforma de la ley es un traje hecho a la medida por la Asamblea Nacional para cubrir de "legalidad" la arbitrariedad y el robo continuado de empresas y propiedades que viene haciendo el gobierno de Hugo Chávez desde hace años. En el nuevo texto de la Ley de Depabis quedan excluidos el Debido Proceso, el Derecho a la Defensa y el Estado de Justicia, en lo que respecta a toda actividad productiva privada.

En adelante se perpetuará la "Teoría de la Bóveda del Miedo" que planteó el analista Luis Vicente León, según la cual los gobiernos totalitarios modernos tratan de controlar a las sociedades "sin necesidad de matar, expropiar y apresar a todo el mundo porque no pueden", porque tales tácticas no son rentables políticamente. Por eso intentan "congelar a las sociedades que controlan a través del miedo que genera el ataque a los símbolos que la representan".

Ahora con el péndulo de esta draconiana Ley de Depabis sobre sus cabezas, la mayoría de los empresarios y comerciantes venezolanos tragarán duro y acatarán la exigencia del gobierno de no tocar los precios de los bienes y servicios en inventario, a pesar de la devaluación y de la inflación. Peor aún, es posible que mantengan el congelamiento de los precios cuando repongan sus inventarios, por temor a ser penalizados no sólo con la expropiación de sus bienes sino con multimillonarias multas e incluso con prisión.

De imponerse eso, la consecuencia será la quiebra a granel de las empresas venezolanas y la parálisis de la economía de un país que se sumirá en la escasez y la miseria.

9 de febrero de 2010

¿Gobierno del cambio?

Leo Zuckermann

Los panistas habían prometido un desempeño gubernamental diferente al de los priistas. Para ellos, la democracia, a diferencia del autoritarismo, implicaba abrir las cortinas de palacio para que la gente viera cómo operaba el gobierno y cómo se gastaba el dinero de los contribuyentes.

Una vez electo presidente, Fox cumplió. En 2002 se promulgó la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental. Fue, sin duda, uno de los logros del foxismo. Gracias a esta ley, se descubrieron escándalos como la adquisición de unas toallas para la residencia oficial de Los Pinos que habían costado alrededor de 400 dólares. El Toallagate le costó el puesto a uno de los funcionarios más cercanos del Presidente.

Cuando se discutía la nueva ley de transparencia se abogó por que el acceso a la información gubernamental fuera rápido, barato y anónimo para la ciudadanía. A fin de garantizar este objetivo, se creó un nuevo organismo burocrático, el Instituto Federal de Acceso a la Información Pública (IFAI), que desarrolló el Sistema Infomex para que los ciudadanos requirieran la información gubernamental. Hoy el trámite se puede hacer en las oficinas del gobierno o en línea. El acopio de la información es razonablemente expedito, barato e, incluso, el usuario puede registrarse con un nombre falso para mantener el anonimato.

Desde su creación en 2003, el IFAI le ha costado unos mil 700 millones de pesos al contribuyente. El año pasado, el IFAI procesó unas 115 mil solicitudes y las entidades y dependencias federales con mayor número de pedidos de información fueron el IMSS, la SEP, la SHCP, la Semarnat y el ISSSTE.

La ley de transparencia es muy clara: las resoluciones del IFAI “son definitivas para las dependencias y entidades gubernamentales”. Si el Instituto resuelve que un organismo tiene que darle cierta información a un ciudadano, se encuentra obligado a proveerla. En cambio, si el IFAI falla en contra de un ciudadano porque la información es considerada como reservada (por ejemplo por motivos de seguridad nacional), el ciudadano puede impugnar dicha resolución con un amparo ante el Poder Judicial de la Federación.

La ley de transparencia ha sido prácticamente replicada en todos los estados de la República. Sin embargo, el Congreso de Campeche creó un tribunal para revisar los fallos del órgano estatal de acceso a la información, es decir, una segunda instancia donde el gobierno estatal puede defenderse. El asunto ya llegó a la Suprema Corte de Justicia que analizará su constitucionalidad.

Ahora, de acuerdo a una nota de Georgina Olson en Excélsior, el gobierno federal quiere hacer lo mismo que el de Campeche. Pretende modificar la ley federal para que un juez de Distrito pueda revisar los fallos que emite el IFAI. Ciertamente esta reforma le da al gobierno el mismo derecho que tiene la ciudadanía de apelar una resolución. Sin embargo, es un golpe mortal a la idea de que el acceso a la información tiene que ser rápido y barato.

Con este nuevo sistema, el ciudadano requeriría la información. El gobierno la podría negar. El IFAI tendría que intervenir para ordenar que se entregaran los datos. Las dependencias gubernamentales tendrían cinco días para apelar esta orden frente al juez y el IFAI otros cinco días para formular argumentos y demostrar la legalidad de su decisión. Luego habría diez días para presentar las pruebas de ambas partes. Vendrían tres días más de alegatos y, luego, el juez tendría cinco días hábiles para dictar sentencia. Esos son los tiempos. A eso hay que sumarle los costos del juicio. ¿Quién los absorbería? ¿El contribuyente con el presupuesto del IFAI o el ciudadano que demandó la información?

Con esta iniciativa, el gobierno panista, ahora encabezado por Felipe Calderón, demuestra que ya no le gustó mucho la idea de que los ciudadanos tengan un mecanismo rápido y barato de conocer la información gubernamental. Qué poco duró la promesa de cambio.

Al régimen panista ya no le gustó mucho dar a los ciudadanos información gubernamental.

8 de febrero de 2010

2010, ¿nuevo pacto nacional?

José Antonio Crespo

Durante el acto de conmemoración de la Constitución de 1917, diversos oradores coincidieron en que a México le hace falta un nuevo pacto nacional (algunos hablan de pacto social, otros de refundación de la República, otros de un acuerdo constitutivo), lo cual implicaría una nueva Constitución. El debate sobre la necesidad de una nueva Carta Magna como culminación de la transición democrática, se dio inmediatamente después de la alternancia. Se argüía, por ejemplo, que prácticamente todas las transiciones democráticas —que por definición implican el cambio de un régimen— se coronaron con una nueva Constitución (pues, por elemental silogismo, a un nuevo régimen corresponde una nueva Ley Suprema). El propio Vicente Fox lanzó esa posibilidad al celebrar por primera vez un aniversario de la Carta Magna (es decir, hace diez años), pero muy pronto retiró su oferta. El PRI surgió como el más aguerrido defensor de la Constitución, dándole no sólo carta del símbolo más visible de la Revolución de 1910, sino incluso como elemento de identidad nacional (somos un pueblo al que le gusta ponerse numerosas camisas de fuerza, que nos condenan a la inercia). Por lo cual, eso de diseñar una nueva Constitución se ha ido dejando de lado, para asumir que lo que procede es continuar parchándola ad infinitum, con lo cual puede uno suponer que seguirá siendo esencialmente disfuncional en las actuales condiciones (ahora se busca, con razón, hacer explícito en el texto constitucional que somos una República laica, algo logrado hace 150 años, dados los recientes embates contra la laicidad por parte del conservadurismo eclesial y político).

Evidentemente, con lo importante que hayan sido las reformas electorales de las últimas décadas para caminar hacia la democratización, no han resultado suficientes. Al hablarse de un nuevo pacto nacional, social o una refundación republicana, se propone un acuerdo mucho más profundo, como el que también hubo en la mayor parte de las democratizaciones exitosas. Lo que nosotros tuvimos como catapulta del cambio político no fue un gran pacto social, sino un miniacuerdo electoral entre los partidos. Durante el gobierno de Ernesto Zedillo, y como consecuencia de lo vivido durante el sexenio anterior (en particular, en su último año, 1994), se accedió a abrir las puertas del poder, incluso a nivel nacional, a través de un nuevo código electoral más competitivo y de la autonomía del IFE respecto del gobierno (aunque no respecto de los partidos). Lo cual se tradujo en un nuevo reparto del poder, mismo que nos ha dado plena pluralidad y alternancia (aunque acompañada de no poca fragmentación política). Pero desde entonces hemos visto cómo el actual arreglo institucional, y la ausencia de un acuerdo más amplio y profundo, chocan con la nueva realidad política.

Así, cada vez que alguna fuerza política pretende llevar a cabo algún cambio en cierta materia —energética, fiscal, laboral, educativa—, saltan quienes consideran que se está invadiendo un terreno prohibido, intocable, inmutable, so pena de incurrir nada menos que en traición a la patria (cuando no en pecado mortal). Y es que no hemos celebrado un auténtico acuerdo de transición (el equivalente al Pacto de La Moncloa) que defina qué se puede y qué no se puede hacer desde el poder. Por lo cual, cualquier intento de reforma que implique tocar ciertos intereses poderosos o algún dogma político-ideológico choca de inmediato contra un muro de indignada oposición (acompañada por una parte de la sociedad y la opinión pública, donde también impera un elevado índice de disenso).

En esta democratización, prácticamente ninguno de los principales grandes actores sociales, económicos, políticos, sindicales o mediáticos acepta ceder ni un ápice en sus respectivos intereses. Algo que ayudó en la transición española fue la conciencia de esos actores sobre el riesgo de una nueva ruptura social y, con la memoria fresca, decidieron mejor ceder en alguna parte y delimitar claramente los intereses vitales de cada quien; es decir, las reglas, no sólo de cómo llegar al poder, sino también los límites y las posibilidades de su ejercicio. Aquí no hemos tenido algo parecido. Nadie cede, en parte por haber vivido décadas de estabilidad política (la pax priista) que nos llevan a ver como imposible, inimaginable, que ésta se pueda perder. Jalan la cuerda al máximo, sin aflojar un momento. La falsa convicción de la eterna estabilidad, más que una fuente de cambio, lo es de inercia.

Cualquier intento de reforma que implique tocar ciertos intereses poderosos choca de inmediato contra un muro de indignada oposición.

3 de febrero de 2010

El extraño caso de la Dra. Beatriz y la Sra. Paredes

Denise Dresser

Como en la famosa novela de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, Beatriz Paredes parece ser víctima del desorden de personalidad múltiple. Un día pronuncia palabras progresistas, y al siguiente asume conductas conservadoras. Un día se presenta como mujer de avanzada, y al otro defiende las posturas más retrógradas. Debajo del huipil hay una mujer rota, desarticulada, contradictoria. Una Beatriz audaz que enarbola las mejores causas y otra Beatriz atávica que las sabotea. Alguien que, si se colocara sobre un diván psiquiátrico, sería diagnosticada con ese mal caracterizado por la coexistencia –en un solo cuerpo– de identidades distintas que se pelean entre sí. Es como si dentro de la lideresa del PRI hubiera dos o más personalidades en contienda perpetua. Y el pleito produce una persona incapaz de mantener posiciones coherentes, confiables o siquiera inteligibles.

Allí está la Beatriz Feminista que defiende el derecho de las mujeres a decidir, pero comparte el huipil con la Beatriz Claudicadora que está dispuesta a sacrificarlo en 17 estados donde el PRI apoya la penalización del aborto. Allí está la Beatriz Juarista que defiende la separación Estado-Iglesia, pero cohabita con la Beatriz Electorera que está dispuesta a minar esa línea divisoria si de conseguir votos de trata. Allí está la Beatriz Demócrata que dice apoyar la competencia, pero vive lado a lado con la Beatriz Autoritaria que quiere frenarla cuando entraña alianzas electorales contra el PRI. Allí está la Beatriz Progresista que se jacta de defender las mejores causas, pero tiene la trenza entrelazada con una Beatriz Acomodaticia encargada de archivarlas cuando implican costos políticos.

Durante el siglo XIX, se pensaba que las personas que exhibían síntomas de lo que hoy se llama “desorden de identidad disociativa” estaban poseídas. Se creía que algún demonio les susurraba en el oído, obligándolas a actuar en contra de su voluntad. Al escuchar a Beatriz Paredes, se antoja argumentar algo similar. Sólo así podrían explicarse la conducta errática, las fobias inexplicables, el enojo incontenible, la bipolaridad política, las contradicciones evidentes, las alucinaciones de las cuales se ha vuelto presa la presidenta del PRI. Va por la vida promoviendo posiciones de izquierda en unos temas y de derecha en otros. Defendiendo principios que luego no tiene el menor rubor en traicionar. Enarbolando el discurso del nacionalismo revolucionario mientras toma decisiones que llevarían a los ganadores de la Revolución a revolcarse en la tumba. Jactándose de su progresismo mientras asume posturas que los conservadores aplauden.

Beatriz Paredes habla de “nuestra realidad hiperpresidencialista”, cuando la presidencia imperial ha sido reemplazada por la presidencia acorralada. Habla de la necesidad de “controles y fiscalización” a nivel local, cuando en la última negociación presupuestal su partido los rechazó. Habla de la necesidad de fomentar “la transparencia en el manejo de los recursos públicos”, cuando los estados controlados por el PRI son hoyos negros de opacidad. Habla de la “influencia creciente de los poderes fácticos”, cuando el precandidato presidencial del PRI ya se ha encamado con ellos. Habla de acrecentar los derechos ciudadanos, al mismo tiempo que se opone a las candidaturas independientes. Critica “la propaganda como subterfugio para la manipulación social”, cuando Enrique Peña Nieto la usa con ese objetivo. Argumenta que los estados democráticos “son laicos”, cuando ella misma ha contribuido a poner en jaque la laicidad en México.

Una sola mujer con tantas corrientes internas, con tantas subcontrataciones corporales, con tantas vidas variopintas percibiendo e interactuando con la realidad. Pero no es que a Beatriz la muevan fuerzas del más allá, o que siga las instrucciones de algún diablo guardián. El mal que padece es congénito; es parte de la herencia priista y afecta a todos sus miembros en mayor o menor medida. Los desórdenes mentales disociativos siempre están acompañados por la amnesia, la pérdida selectiva de memoria, la incapacidad para recordar lo dicho, lo hecho, lo prometido, lo incumplido. Y según los expertos, la personalidad múltiple es causada por antecedentes traumáticos. En el caso de Beatriz Paredes, es la historia misma del PRI en México y la marca que ha dejado tras de sí: 71 años de caciques y cotos y corrupción que ella es incapaz de reconocer, incapaz de procesar, incapaz de enfrentar; 71 años de gobierno como distribución del botín, que la transición no ha logrado cambiar.

No sorprende entonces que Beatriz Paredes parezca esquizofrénica; lo es. Tanto o más que su propio partido. Tiene que serlo para seguir formando parte de una camarilla que dice fomentar la modernización pero ha hecho todo lo posible para obstaculizarla. Tiene que mantener la dualidad para pertenecer a una organización que se vanagloria de las instituciones que creó, al mismo tiempo que se dedicó a prostituirlas. En el mismo partido cohabitan la retórica democrática y las pulsiones autoritarias, los gloriosos discursos celebrando a la ciudadanía y las medidas instituidas para negarle representación, la crítica a la corrupción y la protección a quienes se han enriquecido con ella.

Beatriz Paredes y el PRI que encabeza tratan de ocultar el lado oscuro de su naturaleza, pero no lo consiguen. Buscan disfrazar a la bestia que llevan dentro tanto como intentó hacerlo el Dr. Jekyll con el Sr. Hyde, pero sin éxito. Cuando Beatriz declara que “no se vale usar los programas sociales para el chantaje electoral” –una práctica que su partido instituyó–, no queda más remedio que declararla enferma. Cuando defiende la laicidad pero acepta que su partido busque congraciarse con la Iglesia, no queda más opción que llamarla esquizofrénica. Dividida. Desmemoriada. Una mujer cuya única definición es que cambia de carácter moral como alguien cambia de calcetines.