25 de marzo de 2008

La batalla por el PRD

Javier Corral Jurado

He sostenido que en México, de entre los tres principales partidos en el Congreso, sólo dos responden a eso que se constituye a partir de principios, plataformas, objetivos, valores y reglas. Que nacieron a la política acogidos por el deseo de cambio y transformación social, y no sólo bajo el impulso del poder por el poder. Lo pienso en primerísimo lugar del PAN, pero también de la genérica izquierda, en sus distintas etapas, como PCM, PMT, PSUM, o como PRD hoy.

Por ello mismo fueron capaces de sobrevivir tanto tiempo al PRI y luego remontarlo. Ninguna oposición en América Latina, ya fuera de izquierda, de derecha o de centro, fue condenada tanto tiempo a serlo como la mexicana. Pero el PRI, su padre el PRM y su abuelo el PNR, ayer maquinarias de poder basadas en la defraudación electoral y hoy simple empresa negociadora de intereses particulares, tuvo ese mérito indiscutible por ocho décadas.

De ahí que resulte penoso que en no pocas ocasiones los adversarios al PRI de siempre —que ya no por siempre—, que lo resistieron y lo combatieron con dignidad en el autoritarismo y en la derrota, se le asemejen.

He criticado cuando me parece que el PAN pierde figura y esencia de sus postulados frente a sus adversarios, que termina asemejándose a ellos. Y he de decir ahora que la izquierda perredista, que algún día quiso estar unida, rememora por estos días clásicas lecciones de desaseo electoral, de corporativismo y clientelismo de las mejoras épocas del PRI-gobierno.

Quien desde dentro tiene esa vergüenza, ofrece un duro diagnóstico y pide anular el proceso es el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas: “El partido, sucio y lastrado como se encuentra hoy por las violaciones a sus reglas internas y los vicios en las conductas de muchos de sus dirigentes y militantes, pierde su condición de instrumento de lucha por la soberanía de la nación y por la democracia”. Ya antes, Pablo Gómez había advertido que “si el PRD no cambia, será otro PRI; el relevo del dirigente es una posibilidad para que el partido recupere la salud o continúe con los vicios”.

Y por supuesto que es muy lamentable que esto le suceda a la principal oposición en México. Lo digo asomándome, más que desde la ventana adversaria, siempre recordando que los partidos son entidades de interés público, desde una sincera preocupación por el sistema de equilibrios y contrapesos de toda democracia.

Por ello, di puntual seguimiento al proceso. Todos los días se iba confirmando el escenario del desencuentro y la confrontación, hasta que Alejandro Encinas, candidato de Izquierda Unida, definió bien lo que se vive: más que una contienda democrática, una guerra civil. Se salió de los cauces la tradicional lucha de grupos o corrientes, ese reflejo complejo pero interesante de la pluralidad que habita en la izquierda. Estuvo atizado por el veneno más peligroso que se le puede inyectar a una organización diversa desde el liderazgo de mayor influencia: la intolerancia con que mira al país Andrés Manuel López Obrador. La manera en que dividió la contienda entre buenos y malos, patriotas y traidores, izquierdistas de verdad y agentes de la derecha. El dogmatismo que acompaña a sus posturas invadió el ambiente y volvió a blandir la espada amenazante de desprestigiar ante el pueblo a todo aquel que no secunde sus posiciones, por más contradictorias que resulten a la luz de sus propias palabras y compromisos anteriores.

Por ejemplo, insertó en la contienda interna el tema del petróleo para oponerse a una iniciativa que todavía ni existe, pero ello le permitió catalogar a quienes lo siguen a ciegas como nacionalistas y a los que no como desnacionalizados, siendo que fue él el único candidato a la Presidencia que en 2006 ofreció abrir la inversión privada en el sector energético, como se asienta en su proyecto de nación.

La intolerancia con que López Obrador se ha venido comportando frente a una corriente de su propio partido es la escalada mayor del maniqueísmo que hoy los tiene en un encarnizado enfrentamiento. Su desprecio por Nueva Izquierda que encabeza Jesús Ortega. Llamó “paleros” a los legisladores del PRD que votaron la reforma electoral, y a la presidenta de la Cámara de Diputados, Ruth Zavaleta, que recibió en su oficina de San Lázaro al secretario de Gobernación, le dijo que se había dejado agarrar la pierna. No sólo se había rebajado, como le respondió Zavaleta, a un buscapleitos de taberna; también decidió reducir su papel de autoproclamado presidente legítimo, pues terminó como coordinador, propagandista y mitinero de Alejandro Encinas. Ahí está, uno de los gérmenes de esta crisis perredista. Ojalá que por el bien de México la resuelvan bien.

Profesor de la FCPyS la UNAM

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