25 de abril de 2007

Misoginia católica

José Antonio Crespo

En el debate sobre la despenalización del aborto, muchos se quejan de la intromisión de la Iglesia, no porque no deba asumir y defender su propia postura, respetable aunque poco —o nada— tolerante. Es parte de la democracia deliberativa a la que aspiramos. El problema con la Iglesia es que, siendo al mismo tiempo una institución religiosa y un Estado formal (el Vaticano), no debiera traspasar los límites de su propio ámbito. No llamar, por ejemplo, a confrontar al Estado o a desobedecer las leyes civiles por no coincidir éstas con las sagradas (según su propio credo). Ni promover que la defensa de una idea del ámbito religioso —como concebir que el alma humana se genera en el momento mismo de la concepción— amerita desconocer al Estado laico. Y es que a la Iglesia católica jamás le acomodó el Estado laico, pues éste históricamente le limitó y expropió su otrora enorme poder político, económico, educativo, judicial y militar.

Por su parte, mujeres que respaldan la despenalización del aborto señalan que algunos jerarcas de la Iglesia, prelados o líderes católicos, podrán tener el derecho legal para opinar lo que quieran, pero no cuentan con mucha autoridad moral que digamos. Dicen, por ejemplo, que el cardenal Norberto Rivera o Jorge Serrano Limón son dos personajes cuya trayectoria personal debería constituir un autofreno al hablar sobre un asunto de índole legal y moral como éste. Que ya nada más falta que el padre pederasta, Marcial Maciel, emita también su opinión contra la despenalización del aborto. Piensan que, en general, la Iglesia sostiene posiciones nada favorables a la mujer, que practica y fomenta una misoginia estructural desde sus mismas premisas ontológicas. Que su oposición a despenalizar el aborto, así como sus posturas contrarias a la anticoncepción, son parte de ello. Hay mucho de cierto. Desde los fundamentos doctrinarios del catolicismo —que no necesariamente del cristianismo original— hay un gran desprecio por la mujer. Resulta que los primeros cristianos, o al menos muchas de sus corrientes, concebían a Dios como un principio dual, uno masculino y otro femenino, cuya acción complementaria daba lugar a la creación (simbolizada en el hijo, Jesús). Y esa era justo la idea original de la Trinidad, semejante a la concepción de lo divino en otras religiones y filosofías orientales (el ying-yang de budismo y taoísmo, por ejemplo). Un principio masculino y otro femenino que, en interacción, generan nueva vida. De hecho, ese es el proceso biológico de la concepción humana.

Así, en el Apocryphon de Juan, un gnóstico, se lee la siguiente concepción de Dios: "Yo soy el Padre, yo soy la Madre, yo soy el Hijo". La escuela de los esenios concedía también a Dios una faceta femenina. En el Evangelio de la Paz, que ellos seguían, Jesús llega a decir: "Yo os guiaré hasta el reino de los ángeles de nuestra Madre (refiriéndose a la divinidad)". Pero en los albores de la Iglesia católica, ya no como religión sino como institución política, esa concepción original de la Trinidad cambió, pues no le convencía otorgarle la misma relevancia al principio femenino que al masculino. Entonces, en la doctrina de la Trinidad se sustituyó el principio femenino por uno neutro, asexuado, el Espíritu Santo (que sin embargo asumió también una función masculina al ser responsable del embarazo virginal de María). Esta supremacía de lo masculino en el catolicismo se tradujo en la prohibición de que las mujeres ejerzan el ministerio y menos aún ocupen cargos dentro de la jerarquía eclesial. Sólo les queda incorporarse a las órdenes monacales, en posición subordinada. En una carta a Timoteo, san Pablo define el rol de la mujer católica: "Que la mujer aprenda en silencio, con toda sumisión, no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre; ella debe mantener silencio". Y explicaba en su Epístola a los corintios la natural superioridad masculina: "Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón (Eva, de la costilla de Adán); y tampoco el hombre fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón (Eva fue creada para acompañar a Adán)".

Pero no en todas las corrientes cristianas se asumía semejante misoginia. Los gnósticos concedieron siempre a la mujer un papel de igualdad y liderazgo en la promoción y enseñanza de su fe. Lo que provocaba el escándalo de Tertuliano, un padre de la Iglesia del siglo III: "Las mujeres de los herejes ¡cuán perversas son! Pues son lo suficientemente audaces para enseñar, para disputar, para ejecutar exorcismos, para emprender curas, ¡quizá incluso para bautizar!". En el siglo IV, una erudita de las enseñanzas cristianas (no ortodoxa), Hypatia, fue linchada con conchas de ostión por varios monjes, crimen justificado por san Cirilo, al haberse atrevido ella a enseñar a los hombres, desafiando así la voluntad de Dios. En 1977, Paulo VI explicó la imposibilidad de que la mujer asumiera el ministerio católico en virtud de que "Nuestro Señor (Jesucristo) fue varón". San Agustín, conocido padre de la Iglesia del siglo V, reforzaba la superioridad que el varón debía tener dentro de la familia católica: "Un esposo está para gobernar sobre su esposa, así como el espíritu gobierna sobre la carne". La equiparación de lo masculino con lo superior (el espíritu) y lo femenino con lo pecaminoso (la carne) es evidente. Ante todo ello, ¿cómo sorprenderse de las ideas de Carlos María Abascal o de Serrano Limón sobre la mujer? Y también explica la gran sumisión de muchas mujeres católicas, digamos devotas, ante la abrumadora supremacía masculina. Por eso Mariana Gómez del Campo, dirigente capitalina del PAN, considera que, al despenalizarse el aborto, "los hombres obligarán a las mujeres a abortar". Es lo que lógicamente se infiere de una cosmovisión misógina, como la católica.

1 comentario:

Jorge Queirolo Bravo dijo...

La iglesia católica odia a las mujeres, es clara e indiscutiblemente misógina. Y esta institución maligna y delictiva no tiene ni la más leve intención de cambiar ni un ápice sus políticas ridículas. Para el clero la mujer no es más que un desecho, que, en el mejor de los casos, tiene como finalidad ser la sirvienta de los hombres.

La iglesia católica demuestra que está de acuerdo con estos principios arbitrarios e injustos, al no concederle a la mujer ni la más mínima importancia. Para muestra un botón: las mujeres no pueden acceder al sacerdocio. A lo mucho pueden optar a ser monjas, asumiendo funciones serviles y de relevancia prácticamente nula. En el escalafón eclesiástico la mujer ocupa el último peldaño, el menos visible y apreciado. ¿Quién podría discutir esto? Jamás he recibido de un católico una explicación satisfactoria o coherente frente a esta discriminación absurda. Es que no existe una justificación real. Sé, por lo tanto, que nadie me va a rebatir con argumentos válidos esto que estoy diciendo. Clero católico: las verdades duelen. Ustedes enloquecerán de tanto dolor.